Hace unos meses, poco tiempo antes de formar parte de uno de los complots más bien pergeñados de la historia de la amistad, una examiga me decía: «¿Quedarme en casa para que no me hagan daño? No, prefiero salir y tener experiencias».

Muy valiente y sensato comentario cuando, de las experiencias, se aprende ya sea para adquirir el conocimiento necesario o ya sea para asimilar de una vez por todas que no se puede confiar ni en la camisa que se lleva puesta. Cosa que, a todas luces, no es su caso.

Porque llega un momento, el mío, que ya no se puede más; que ya no queda corazón en el que te claven más espadas; que ya no te quedan espaldas en las que sujetar el saco de la indiferencia; que ya no te queda piel en la que se marquen las laceraciones; que ya no te queda comprensión ni empatía y te das cuenta de que la única verdad, es que nacemos y morimos solos y sólo unos afortunados logran rodearse de verdaderas amistades -no digamos ya de amor-. O los cobardes que, con tal de no estar solos, se agarran a cualquiera que les diga algo.

Llega un momento, el mío, en que ya no aguantas más que, simples palabras de agradecimiento, sean malinterpretadas como una declaración de amor encubierta; que la buena intención sea interpretada como un acto sibilino para romper una amistad; que una muestra de afecto, sea entendida como una insinuación sexual… y no hablemos si la perpetradora de semejantes crímenes es una cincuentona soltera y sin amigos/as.

Sí, prefiero quedarme en casa, sola con mis libros, no para evitar que me hagan daño, sino porque ya no puedo más: porque ya no aguanto ni una traición ni un malentendido más; porque prefiero el silencio de mi salón, a la falsa algarabía de un corrillo de «familia» a la que importo un bledo; porque prefiero estar sola a mal acompañada; porque ya no me quedan fuerzas para continuar, para seguir viendo como las ilusiones se transforman en meros destellos de vela; porque no me quedan ilusiones ni siquiera para ilusionarme; porque sé que, muerta yo muerta la mejor amiga que tengo. Y sí, seguiré viva mientras Dios quiera; sola, sí, pero al menos viva y leal a mí misma.