El miedo, ese gran embustero que nos impide hacer o decir cosas. Sí, el miedo que nos boicotea, que nos inhibe, que nos cierra la boca.

¿Y qué más da lo que pueda pasar si hablamos, si contradecimos a nuestro interlocutor, si provocamos una discusión? ¿Qué puede pasar?¿Que perdamos una amistad? Pues mejor así, porque mal amigo(a) sería si por no pensar igual en un tema determinado se enfada hasta el punto de dejar de hablarnos. Ser amigos no significa estar de acuerdo en todo, significa respetarnos mutuamente, incluso en lo que no estamos de acuerdo.

¿Y qué más da que un vecino se enfade porque no queremos compartir con él o ella nuestra vida? ¿Qué puede pasar?¿Que nos ignore en la próxima reunión comunitaria, que no nos mire cuando nos crucemos en la fiesta mayor del pueblo o del barrio?

A ver, hay más de siete mil millones de seres humanos en el mundo, ¿tenemos que preocuparnos porque dos o tres o cinco o veintisiete dejen de hablarnos porque no pensamos igual, porque les hemos llevado la contraria en algún tema? Por favor, no seamos pueriles.

Lo que nos tiene que preocupar es NO SER LEALES A NOSOTROS MISMOS. Porque quién no es leal a sí mismo y acaba opinando (de boquilla, claro) lo mismo que los colegas, afirmando categóricamente (con la cabeza, que no con el corazón) que el vecino tiene razón, a quién hace daño verdaderamente es a sí mismo. Y luego se extraña, de tener dolor de cabeza o de estómago constantemente o de sufrir insomnio crónico. Las emociones bloqueadas afectan a estos órganos y el inconsciente le machaca sin piedad incluso de noche.

Quién no es leal a sí mismo, poco puede serlo al resto de humanos; quién no es capaz de defenderse y apoyarse, poco va a poder defender y apoyar a la pareja, los hijos, la familia o los amigos.

Quién no es leal consigo mismo, no lo es con nadie.