Antes de nada: en total, llevo casi 30 años haciendo de voluntaria en diversos campos. He estado en una gran ONG, en otras pequeñas y, actualmente, estoy en la Asociación Down de mi ciudad. Por tanto, creo poder hablar del voluntariado y de las personas que lo realizan con cierto conocimiento de causa.

No es fácil ser voluntario, tienes que tener mucha fuerza de voluntad y sentido de la responsabilidad. Porque, en ocasiones, te toca estar en el puesto de un mercadillo solidario un domingo por la mañana, con viento y frío, mientras tu familia está tan ricamente en el comedor de casa disfrutando de un desayuno calentito. O tienes que renunciar a salir de marcha con las amigas porque te has comprometido a ir al local a preparar el material para un acto. Así que asegúrate de que tu sentido de la responsabilidad, lo consciente que seas del compromiso adquirido te ayuden a cumplir con lo prometido.

Tampoco lo es tener que bregar con la gente que te rodea en la ONG, cada uno es hijo de su padre y de su madre, cada uno con sus intereses, su ideología, con sus carencias, sus traumas y sus neuras. Igual que en cualquier trabajo, asociación, club o grupo en el que te quieras involucrar. En las ONG no todos son santos ni todos están movidos por el altruismo, también hay trepas, lameculos e interesados de toda calaña.

Y si tu voluntariado se desarrolla con personas, eres tú quién tienes que ir a su mundo, no querer que ellos vengan al tuyo.

En las campañas de captación de voluntarios, siempre aparece gente sonriente que, a la sempiterna pregunta de por qué es voluntario, la respuesta no es menos manida ni estereotipada: «Porqué recibo más de lo que doy». Y la contestación que a mí, personalmente, me viene a la cabeza es: «Entonces, ¿eres voluntario por altruismo o para que tu ego se sienta bien?»

Sí, los voluntarios recibimos…, lo mismo que puede recibir cualquier trabajador: si tienes suerte de que los responsables de tu ONG sean personas agradecidas y con verdadera vocación de servicio, te darán las gracias de vez en cuando; sino, te irás a tu casa con la sensación de que ni siquiera se han enterado de que existes.

En el caso de trabajar con personas, es más fácil sentir el agradecimiento de los beneficiarios de tu labor. El cariño de las personas Down, sus abrazos, besos y «te quiero», llegan al fondo del alma porque sabes que nacen del verdadero sentimiento. El «Gracias» de los padres a los que has acompañado durante el cáncer de su familiar -máxime si es un hijo- no tiene parangón. La mirada de ternura del anciano al que has hecho unas horas de compañía porque sus hijos ni se acuerdan de él, es inconmensurable.

Pero, cuidado porque no todo es idílico. En la mayoría de las ONG no dan la formación prometida y tienes que aprender por tu cuenta, así que antes de involucrarte, lee todo lo que puedas sobre el tipo de personas con las que vas a tratar. Quizá tengas suerte y tus propios compañeros te adviertan de lo que te vas a encontrar, pero lo normal es que cuando firmas el compromiso te hayan contado una película rosa pero nadie te advierte de que las personas Down tienen crisis que pueden ser verdaderamente vientas; nadie te dice que un indigente puede pagar contigo su odio contra la sociedad y soltarte dos sopapos.

Sí, los voluntarios recibimos, por supuesto. Pero, antes de correr a rellenar la solicitud, piénsatelo dos veces: ¿Realmente quieres ayudar o solo buscas sentirte bien, compensar la soledad en la que estás inmerso o encontrar un paliativo al complejo que arrastras?