Decir que vivimos en una sociedad uniformizada, no es ninguna novedad. Viene de antiguo, ya lo sabemos; no hace muchos años que la Iglesia Católica nos decía qué decir, qué pensar, qué creer. Después vinieron los medios de comunicación, el cine; ahora los mensajes que nos llegan por las redes sociales. Y, por supuesto, la sempiterna injerencia de los poderes fácticos, encargados de convencernos qué necesitamos, qué debemos desear y tener para ser felices, qué ideología profesar; ahora, hasta nos dicen a qué medicina acudir, no sea que nos decantemos por lo que a ellos no les interesa.

La injerencia ha llegado a tal punto que hasta nos han uniformizado los sentimientos y los estados de ánimo. ¿Qué estamos un día un poco tristes? ¡No!, lo que nos pasa es que estamos deprimidos. ¿Qué un día se nos han cruzado los cables y estamos alterados? ¡No!, lo que tenemos es un ataque de ansiedad del quince. Para rizar más el rizo, hasta nos dicen qué sentir cuando se muere alguien de nuestro entorno.

Las redes sociales están llenas de páginas que nos explican detalladamente el proceso de duelo; siguiendo a la ínclita Elisabeth Kübler-Ross, debemos pasar las cinco etapas, esto es: enfado, negación, negociación, depresión y aceptación, todo ello en un período que va del año a los dos años. Como si los sentimientos fueran un reloj que manejamos a voluntad. Y como si todos los seres humanos del planeta fuéramos clones perfectamente programados según los parámetros de la psicología más avanzada.

Y no, queridos, no es así. Ni todos los duelos duran el mismo tiempo ni todos los deudos lloran desaforadamente –bueno, algunos sí mientras por el rabillo del ojo están al tanto de si los demás les observan y se admiran por su gran pena- ni todos los sobrevivientes echan de menos a sus difuntos. Porque hay difuntos que dejan muchísima más paz de la que se llevan.

Publicar estas tablas prefabricadas y estereotipadas es tan contraproducente como decirle a una persona que llora de verdad a su difunto que tiene que animarse; si una persona que explica que ese deceso le ha traído la paz y la liberación, criticarle y reprocharle que lo dice porque no quiere admitir el dolor que siente, es tan… (por favor, pongan ustedes el calificativo), como decirle a quién apenas conoces: «Sé cómo te sientes», como decíamos hace unos días.

Sí, vivimos estereotipados, uniformizados y adocenados y todo aquel que se sale de la norma es mirado como un elemento peligroso al que se ha de anatemizar, no sea que haga que el resto de la sociedad se dé cuenta de la realidad y también empiece a pensar por sí misma.

¡Y menuda jugarreta, con los años y millones que han invertido en tamaña obnubilación colectiva!