¿Tan difícil es vivir tranquilamente, ocuparse de los propios asuntos? ¿Tan difícil es preocuparse del prójimo cuando éste pide ayuda y, el resto del tiempo, seguir con la vida propia? ¿Tan difícil es que tu casa sea como Las Vegas y lo que en ella pasa, en ella se queda?

Por lo visto, sí, es algo sumamente complicado; especialmente, para las personas que tienen una vida vacía y una necesidad imperiosa de hacerse ver, quizá fruto de un trauma o de algún complejo de superioridad, que les hace creerse el centro del barrio, del mundo, del universo.

Vivimos en una sociedad exhibicionista, no hay la menor duda; no solo se exhiben modelos, actores, actrices y demás gente de la farándula, sino cualquier ciudadano, ya sea mostrando su cuerpo serrano con los modelitos más atrevido (y también los chicos, que les gusta mucho presumir de musculito), ya sea explicando las más íntimas intimidades de su vida, ya sea aireando su orientación sexual.

Todo el mundo tiene derecho a ser libre, a vivir su sexualidad y su vida como le dé la gana; todo el mundo tiene derecho a que sus derechos -valga la redundancia- sean respetados, desde casarse con quién quiera hasta profesar la religión que le satisfaga. y todos los demás tenemos la obligación de respetarlo.

Por eso, la reivindicación de los derechos no puede convertirse en un circo, denigrante incluso para muchos del colectivo reivindicador. Haciendo estos numeritos, no solo se provoca la risa, sino que, también, se pierde credibilidad.

El respeto se gana y se gana haciéndose valer y, sobre todo, respetándose a uno mismo, tratando a los demás de la misma manera que quieres ser tratado; jamás imponiendo tus puntos de vista, tu ideología, tus creencias, sino respetando los puntos de vista, la ideología y las creencias de los demás.

La sociedad que no se respeta a sí misma, está condenada a la implosión; la persona que no se respeta a sí misma, está condenada a sufrir vejaciones.

Y solo hay una manera de evitarlo: guardando las formas y el respeto por las alteridades y teniendo muy claro que, lo que pasa en casa, en casa se queda.