Estar solo no implica sentirse solo ni mucho menos; de hecho, se puede sentir una soledad absoluta estando en una reunión familiar o entre un grupo de amigos.

Estar solo  no es sinónimo de carácter huraño ni un signo de misantropía; es, simplemente, una decisión personal que no se produce por decepciones ni malas experiencias -que algo pueden influir- sino porque la persona es consciente de que, si quiere evolucionar como ser humano, debe hacerlo sola y en soledad, puesto que es la única manera de que nadie se interponga en su camino y, de alguna manera, lo boicotee; boicot que la mayoría de las veces no se produce por maldad sino porque no se está en la misma onda y se proponen actividades de su propio interés, sin entender las razones del otro.

Quién está solo no necesariamente quiere esconderse del mundo ni alejarse de la sociedad; se puede vivir solo y estar en el mundo y participar activamente en la sociedad más que muchos que se pasan la vida rodeados de gente. La diferencia estriba en qué tipo de personas y actividades se buscan: si las que solo llenan el vacío con el vocinglerío del bar o los centros de ocio o las que llenan su vida de altruismo y crecimiento.

Estar solo es llegar a casa y encontrar el reconfortante silencio que permite centrar la mente en los sentimientos que nos han acompañado a lo largo del día; en las emociones que se han sentido ante determinado hecho o acto; leer ese libro que tanto ayuda en el proceso de crecimiento; escuchar los mensajes internos del inconsciente que permiten resolver traumas o conflictos internos para seguir evolucionando. O, simplemente, disfrutar del silencio.

La soledad permite crear, empezando por crearnos a nosotros mismos. Y solo quien conoce la soledad buscada, la positiva y enriquecedora, puede salir al mundo a aportar algo positivo, que buena falta nos hace.