¿Por qué todo el mundo se cree que, porque soy mujer, soltera y, aparentemente, joven tienen derecho a decirme cómo tengo que vivir, pensar y creer?

Vamos a ver: soy mujer, sí, y muy orgullosa de serlo cosas; pero no por ser mujer soy tonta ni necesito una guía. Soy soltera, pero no por ello necesito que me digan lo que tengo que hacer. Y gracias por lo de joven, es todo un elogio, pero ya tengo 54 años y medio.

Vosotros, que tanto practicáis el deporte nacional -es decir, hablar sin tener ni repajolera idea de qué habláis- no tenéis ni la más mínima idea de cómo soy, de qué formación he tenido -no hablo de la reglada sino de la que ofrece la universidad de la vida-; no sabéis qué tipo de infancia, adolescencia y juventud he vivido ni en qué tribu (lo de familia sería una mentira); por qué tipo de experiencias he pasado, así que, ¿por qué os arrogáis el derecho, y algunos la obligación, de decirme qué tengo que pensar, sentir y vivir?

Todo lo que he pasado, vivido y sentido a lo largo de este medio siglo largo, es lo que me ha hecho como soy. Y os haríais cruces si supierais todo lo que he cambiado a lo largo de estos años, como las nuevas experiencias han calmado la ira o el dolor, han modificado mi opinión y mi forma de relacionarme con la gente. No, no os haríais cruces, diríais que soy una falsa y una hipócrita, que un día digo una cosa y al siguiente otra, porque sois incapaces de entender que hay personas que crecemos, evolucionamos y, por tanto, cambiamos nuestros paradigmas.

Si vosotros me decís cómo tengo que pensar, sentir y vivir, es por dos motivos fundamentales: el primero, porque tenéis unas vidas tan vacías y tan patéticas, que tenéis que llenarlas de alguna manera, así que, cuando ya estáis saturados de Sálvame y otras horteradas por el estilo, cuando ya estáis hasta las trancas de los cotilleos de salón, desconectáis la mente y os ponéis a elucubrar sobre la que creéis que es «esa pobre chica que no sabe cómo superar el dolor y la soledad causada por la muerte de su madre, por eso es tan huraña y tan desabrida».

Y segundo: porque me tenéis una envidia que os morís. Sí, sé que vais a decir que a ver qué he bebido (sobre todo vosotras, como decís habitualmente, porque cree el ladrón que todos son de su condición); pero no, mal que os pese. Rabiáis de envidia porque vivo cómo quiero, porque tomo mis decisiones en libertad, porque no dependo de nadie y porque no necesito a nadie cuando decido quedarme encerrada en casa, cuando decido iniciar unos nuevos estudios, cuando cojo la maleta y me largo adonde quiero ir o cuando me pago la operación de cirugía plástica que llevaba 40 años esperando.

La rabia os supura por todos los poros de la piel, por todas las palabras que salen por vuestras bocas ponzoñosas, por las miradas de odio que me lanzáis. Y ¿sabéis qué? Estáis convencidos de que me herís pero lo único que conseguís es que cada día os tenga más lástima.

Qué os vaya bonito, como dicen en Sudamérica. Y cuidadito con morderos la lengua, al cura le da mucha pereza hacer cuarenta kilómetros para venir al pueblo y sería pecado mortal y una falta de caridad que personas tan practicantes-no- creyentes como vosotros no recibierais cristiana sepultura.