Estamos a favor de la verdad y de la vida, por eso nuestro blog se llama así y no vamos a cambiar de opinión ni de pensamiento. Pero sí queremos hacer alguna puntualización respecto a la vida.

En ningún momento de nuestra existencia, hemos creído que la vida es un regalo, un «don divino» ni otras zarandajas más o menos metafísicas, espirituales o religiosas. Creemos firmemente que la vida nos ha llegado porque dos personas se unieron sexualmente y ya sea por descuido o por verdadero deseo, crearon a una tercera persona. Por tanto, la vida es algo que nos ha venido impuesto.

Porque nadie pide nacer; si así fuera, solo tendrían hijos las buenas personas, las parejas estables que han formado un hogar pacífico y amoroso; solo habría descendencia en los países más o menos ricos, en donde hubiera oportunidades de estudiar, en que las condiciones sanitarias fueran las idóneas, imperara la seguridad y la paz… porque a nadie se le ocurriría pedir nacer en una familia desestructurada, tener a uno de los progenitores -o a los dos- enganchados a un vicio ni ser retoño de un maltratador o maltratadora, que también las hay. Ni mucho menos nacer en un país devastado por hambrunas, guerras, gobiernos corruptos, etc.

A la vida, por tanto, no se le puede decir Sí de forma incondicional. Hay momentos en que, acabar con ella, es la única solución. Uno de esos momentos es cuando aparece una enfermedad terminal.

Muchas personas sabrán de qué hablamos: un cáncer convertido en metástasis, un accidente que provoca un coma irreversible, un anciano que queda en estado vegetativo… Pueden pasar muchos meses de agonía interminable para el enfermo pero también de desgaste físico y emocional para los familiares. Y de gasto económico y logístico para el hospital que supone dejar de invertir en otros casos que sí tendrían curación, pero quedan en lista de espera, a la expectativa de que el deceso deje la cama libre y el dinero disponible.

«No a la eutanasia, es un crimen, un asesinato. La vida no se puede arrebatar, es un don divino. Hemos de pensar en los médicos y las enfermeras, han jurado trabajar por salvar vidas, no quitarlas» y otras consignas por el estilo.

¿A estar conectado a una máquina durante meses o quizá años, sabiendo que esa persona nunca se va a volver a despertar, se le llama vida? ¿A mantener el corazón latiendo gracias a medicación y alimentación forzosa, siendo conscientes de que tarde o temprano fallecerá, se le llama vida? Por favor, no me hagan reír que esto es muy serio.

Y no me vengan con que la vida depende de Dios, que Él la da o la quita ni con monsergas de que nadie muere hasta que Él lo dice. La hora de la muerte llega cuando tiene que llegar, sí, pero nadie dice que tenga que ser de forma natural, en camita y rodeado de todos sus seres queridos, después de un discurso de despedida, besos y abrazos, con todos los deudos sumidos en un mar de lágrimas, al más puro estilo hollywoodiense. La hora de la muerte llega cuando ha de llegar, sí, y suele hacerlo de formas mucho más sórdidas, sangrientas y solitarias: por un accidente de tráfico; por un paro cardíaco en medio de una reunión de trabajo; y en los países humanos y civilizados en que permiten la eutanasia por retirar todos los apoyos artificiales o ponen una inyección. O por suicidio; porque si no ha llegado la hora, el suicida fracasará, pero si es el momento, el suicidio será efectivo.

En aras de la idolatría a la vida, somos más humanos con los perros que con los propios humanos. Nadie quiere perder a su mascota pero cuando ésta llega al momento crucial, prefiere «dormirla» (eufemismo para no decir aplicarle la eutanasia) a permitir que sufra. En cambio, dejamos que los humanos sufran, que se les drogue, que se les martirice con tratamientos agresivos y destructivos para alargarles la existencia y el sufrimiento un poco más. ¿Para qué? ¿Para que los médicos puedan seguir estudiando y los laboratorios farmacéuticos enriqueciéndose o para que los vecinos no nos critiquen o nos alaben por nuestra entrega y cuidados? Claro que para ningún médico sería plato de gusto tener que poner la inyección letal o desconectar los aparatos; pero tampoco lo es para un veterinario.

Por favor, dejémonos ya de monsergas, de moralina barata y de otras zarandajas. Tan inhumano es dejar sufrir a una persona semanas, meses o años sabiendo que su único destino es la muerte, como poner hijos en el mundo cuando no se les quiere o no se les puede dar ni un trozo de pan. Pero del sí al aborto hablaremos otro día.