Nuestro mundo rebosa de recetas para ser felices; y, sin embargo, nunca ha habido tanta infelicidad; continuamente, nos recuerdan que una prolífica vida social, una relación de pareja, vivir en una vorágine de experiencias (desde cursos de cocina exótica a deportes extremos) y estar en un continuo hacer y deshacer de maletas (porque los viajes son imprescindibles) llenará nuestra vida de sentido. Y, paradójicamente, nunca ha habido tanta falta de sentido de y en la vida.

Sí, tener experiencias enriquece; viajar abre la mente y nos hace levantar la mirada de nuestro ombligo para ver lo que hay a nuestro alrededor. Mas ¿de qué nos sirve ver un hermoso paisaje, si no lo miramos? ¿De qué nos sirve ir a conocer la vida de los habitantes de las antípodas, si no conocemos la vida más cercana: la propia?

Alguien me dijo una vez que, aunque fueran dolorosas, mejor vivir experiencias que estar encerrada en casa para protegerse. Paralelamente, se quejaba de que siempre le pasaba lo mismo, que volvía a topar una y otra vez con la misma piedra, que vivía atrapada en un círculo vicioso que desembocó en una agorafobia de la que no podía salir ni con el concurso de la psiquiatra y la medicación que le proporcionaba ni con la terapia psicológica (hipnosis incluida) ni asistiendo a todos los cursos y cursillos de autoconocimiento y pensamiento positivo que organizaba su psicóloga quién, además, ya había pasado la frontera de terapeuta y traspasado el límite de amiga y era ya una hermana.

Tropezar una vez, es normal; hacerlo una segunda, se puede comprender, todos tenemos momentos de debilidad; hacerlo por tercera vez, es sinónimo de que te has enamorado de la piedra. Pero cuando ya es la cuarta, quinta… o es que se es masoquista o es que las soflamas del entorno han hecho tanta mella que se es incapaz de ver que ni el camino ni las personas que, supuestamente, han de ayudar, son las adecuadas; y mucho menos, se es capaz de hacerse responsable de la propia vida.

Paradójicamente, ser libre y fiel a uno mismo, es una arenga que se repite hasta la saciedad pero muy poca gente se da cuenta de que tiene trampa: ser libre y fiel a uno mismo no es una patente de corso para hacer lo que a uno le apetece a cada momento, sin el menor respeto por la sociedad y, cuando se han traspasado todas las líneas rojas, levantar las manos con cara inocente y justificarse diciendo: «Es que soy así y tienes que respetarlo».

Para ser respetado, se ha de respetar; para ser fiel a uno mismo, se ha de ser libre y responsable y ser consciente de que la libertad propia termina donde empieza la libertad del otro. La sociedad la proclama para dar sensación de libertad, pero oculta que es una frase incompleta, tal y como la utiliza la ingeniería sociológica actualmente, ya que, en realidad, lo que nos están diciendo es: Sé fiel a ti mismo, sin salirte de las normas, solo así la sociedad te dará tu parcela de libertad, proporcionándote los libros de autoayuda que necesitas, publicitándote viajes low-cost que te cambiarán la vida, diciéndote qué experiencias darán sentido a tu vida; es decir, serás un esclavo feliz de su esclavitud porque ni siquiera te darás cuenta de la cadena que te sujeta; te creerás muy libre de hacer lo que quieres, sin darte cuenta de que tu voluntad no es tuya.

Quién se queda con la primera parte, paga un precio muy alto: acabar como Polonio, el escudero de Hamlet, traspasado no por la espada del rey danés, sino por el peaje de la incomprensión, de la intolerancia y de las consecuencias que traen. Y es que, como dice el refrán, quién escucha, su mal oye[1]. Y una vez has oído la voz de tu interior, es imposible dejar de oírla. Del mismo modo que no se puede cerrar la caja de Pandora, tampoco se puede silenciar la voz interior, la voz que clama por ser oída pero, sobre todo, por ser escuchada; y esa voz, no es otra que la voz del verdadero Yo.

Quién no quiere oírla, quién tiene miedo de escucharla, no solo tiene miedo a la verdad y las consecuencias que puede tener hacerle caso, sino que tiene miedo a la vida, a asumir la responsabilidad que supone estar en el mundo verdadera y realmente, no como una figura más en medio del grupo de figurantes que la sociedad dirige a su conveniencia, sino de ocupar el lugar que la vida le ha reservado, de asumir el rol para el que ha nacido, siendo uno mismo y, a la vez, parte de los demás. Porque el ser humano solo puede ser el ser social que decía Aristóteles cuando se trasciende en el mundo que le rodea, cuando se duele con el dolor ajeno, cuando sufre la injusticia del ofendido.

Llegar a este punto es haber emprendido el viaje más peligroso, prolongado y gratificante: el viaje interior hacia uno mismo. El único viaje que se sabe dónde y cuándo empieza pero no cuándo terminará porque, excepto que alguien decida abandonarlo y regresar a la casilla de partida, solo termina con la muerte. ¿O la Parca solo lo interrumpe?

Uno de los libros más antiguos del mundo, los Upanishads[2], ya hablaba de que se ha de escoger entre ser y deber; el mundo actual ha resuelto esta disyuntiva taxativamente, como Alejandro hizo con el nudo gordiano: lo importante, es el deber (desde deber cumplir puntualmente con las obligaciones hasta deber seguir fielmente todas las modas) y rechazar el ser, porque, quién opta por Ser, es un elemento subversivo a combatir ya que puede dar ejemplo y fomentar una oleada de librepensadores que desarticulen la bien articulada ingeniería social que tanto ha costado ensamblar.

Pero el ser humano está llamado a Ser; no a ser una marioneta del poder, la publicidad o la sociedad, no: está llamado a Ser la persona que Debe Ser.

[1] Refrán popular. La escritora argentina Juana Manuela Gorriti (1816-1892) lo utilizó como título de un cuento.

[2] Conjunto de más de 200 libros que forman el corpus sagrado hindú. Están escritos en sánscrito y los más antiguos están fechados entre el 800 y el 400 a.C.