Muchas personas afirman que lo dan todo por los demás, que se entregan a tope en el trabajo, en la amistad y, por supuesto, en el amor. Algunas de estas personas son sinceras, y el devenir de la existencia lo demuestra; pero, como en todo en esta vida, no es oro todo lo que reluce.

Porque es muy fácil hablar, hacer afirmaciones rimbombantes de esas que hacen parecer que se es un mirlo blanco; es muy sencillo hablar siempre con una sonrisa en los labios y mirando a los ojos, porque eso demuestra sinceridad y nobleza, así lo dicen los psicólogos y hasta los pseudo-psicólogos. Y claro, ¿Quiénes somos los legos para dudarlo y menos aún, contradecirles?

Y entonces, cuando te pegan la puñalada trapera, cuando descubres que ese relumbre solo venía de un oropel muy bien bruñido, que las sonrisas estaban muy bien aprendidas por años de práctica, ¿qué cara pones? ¿La de sorpresa, la de decepción o, simplemente, la de gilipollas porque los sinvergüenzas te han llevado a su terreno y allí te han ganado por experiencia?

Se puede haber vivido con gente de esa calaña y haber desarrollado un sexto sentido para calarlos; pero, aún y así, siempre habrá alguno o alguna que te meta el gol, porque los sibilinos tienen más conchas que un galápago y a manipuladores no les gana nadie. Incluso, llegan a engañar a terapeutas curtidos por años de experiencia…

Y entonces se enfadan cuando les descubres y no hablemos ya cuando te plantas y les cantas las cuarenta; su cara de víctima desconsolada, la tergiversación que hacen de los hechos y de tu propia actuación -haciéndote quedar como el verdadero culpable de todo- es digna de todos los Oscars, Baftas y Conchas de Oro a la vez.

Dice un dicho: «Vale más solo, que mal acompañado». Hace años que me aplico el cuento y, aún y así, alguna vez me han tomado el pelo. Así que, a partir de ahora, cerrojazo y a vivir con mi mejor amiga: Yo.