Evolucionar gracias a la superación.

A veces parece imposible que una persona sonriente, alegre y en paz consigo misma, haya vivido situaciones desesperadas. En ocasiones, hasta los propios profesionales se sorprenden de ver cómo alguien que ha sufrido experiencias traumáticas, que en otros casos han terminado en suicidio, han salido airosos y triunfantes. Y es que, como decíamos más arriba la vida, aunque es un bien intangible, está viva y por tanto no se destruye, sino que se transforma.

Las personas que evolucionan han tenido que tomar una seria decisión: buscar todas las ayudas posibles para encontrar la salida.

Y no lo han dudado: se han apretado los machos y han saltado al coso para lidiar contra el miedo, para vencer el odio y el rencor, para perdonar y poder vivir en paz, llevando adelante su vida desde la paz interior con se consigue con la ausencia de rencor y el perdón.

Porque saben que, sin ese esfuerzo titánico por su parte permanecerían como las que rehacen su vida y se pasarían la vida como ellas, buceando en el odio que corroe y lleva a estar siempre en guardia, con la moral destrozada; el odio que va minando la energía y la capacidad de dar y recibir; en definitiva, a permanecer ancladas en el pasado.

Pero con ayuda y grandes dosis de valor y coraje, llegarán a ser personas libres, maduras y responsables de su vida, a tener paz interior y a vivir en plenitud, al contrario de las que solo rehacen su vida.

¿Cómo sabemos que una persona ha evolucionado ante los avatares de la vida? Podemos observar una serie de rasgos bastante identificativos:

  • Jamás hacen mención de lo que han vivido, excepto cuando se ven obligadas a ello o porque ven que su experiencia puede ayudar a personas que están en igual o peor situación, señal de que han hecho bien el proceso de duelo.

  • Raramente hacen mención de la persona o personas que las humillaron: señal inequívoca de que, como han perdonado, esa persona o personas ha quedado atrás para siempre.

  • No tienen ningún problema en estar solas. Al haber procesado correctamente y haber perdonado -y perdonado a sí mismas-, su conciencia no tiene necesidad de ir rememorando los hechos por lo que gozan de paz interior.

  • No han tenido ningún problema en cambiar de entorno, inclusive en moverse de su lugar de nacimiento.

  • No presumen de estar solas ni dan explicaciones porque son dueñas de su vida. Aunque siempre queda cierto miedo a que pueda volver a pasar algo similar, se arriesgan a dejar que un desconocido se acerque porque tienen armas psico-emocionales suficientes para detectar la situación antes de que sea más grave y detenerla a tiempo.

  • Conocen bien los mecanismos de la sociedad para ayudarlas, empezando por la labor encomiable de los Cuerpos de Seguridad. Por eso pueden ocuparse de sí mismas y de quién dependa de ellas, a lo sumo piden una ayuda puntual.

  • Saben qué tipo de personas no quieren en su vida y, por tanto, no dudan en alejarse de los que responden al patrón no deseado, sean amigos o familiares. Su lema es: mejor sola que mal acompañada.

  • Son las victimas menos victimas de todas porque saben que siempre hay alguien que lo pasa peor y tiene una experiencia aún más dura que la suya.

Por tanto, lo más seguro es que ni nos imaginemos qué ha ocurrido en su pasado, un pasado que han convertido en activo que les genera unos beneficios extraordinarios porque es lo que les da fuerza y apoyo para seguir adelante por el camino que se han fijado. Un activo que les ha costado un gran esfuerzo lograr ya que estas personas han tenido que hacer un gran trabajo interno para hacer correctamente el proceso de duelo por lo ocurrido, perdonar y perdonarse a sí mismas; por tanto, pueden recordar alguna vez los hechos acaecidos sin dolor, sin rencor y sin desear todos los males al o a los causantes.

Asimismo, el pasado actúa como arma defensiva. En efecto, aunque el recuerdo ya no duela, sí ha quedado fijado en la memoria como una radiografía del tipo de persona que cometió los atropellos. Así, basta mirar y escuchar unos minutos a quién se acerca para reconocer en él los rasgos que le delatan como alguien parecido al que dejaron atrás y poder tomar las medidas oportunas. Esta capacidad, a su vez, les permite vivir protegidas sin necesidad de enrocarse tras una muralla defensiva impenetrable.

Conclusión.

Cuando en una casa aparecen grietas, podemos llamar a un albañil para que las parchee o buscar un arquitecto para que repase el estado de la construcción y arregle el origen de todos los males.

Si vamos rehaciendo nuestra vida, lo único que haremos es ir parcheando aquí y allá, acumulando más y más escombros en forma de resentimiento, odio e ira que, a la larga, a los únicos que producirán problemas es a nosotros mismos, ya que minan la salud física y emocional y nos desmoronemos. Y cuando eso ocurra, no debemos añadir un nuevo parche sino buscar al arquitecto que arregle nuestro interior (nuestro cimiento), nos ayude a evolucionar. Porque sino lo hacemos así, jamás aprenderemos la lección y por mucho que nos encerremos en nuestra jaula tarde o temprano volveremos a vivirla. Porque nadie se va de esta vida hasta que no ha aprendido todo lo que ha venido a aprender ni ha enseñado todo lo que ha venido a enseñar.

La destrucción de la vida está causada únicamente por la indefectible muerte. Por eso no podemos «rehacerla» como un castillo de naipes, solo podemos vivirla por el camino que el destino -Dios para los creyentes- nos va llevando; con altibajos, con problemas, con penas y alegrías…; por el camino en el cual iremos evolucionando.

Solo así, cambiaremos actuaciones, modos de pensar; aprenderemos a actuar por lo que realmente queremos y no por lo que nos dice la sociedad; llevaremos nuestros pasos hacia nuestra vocación…; en definitiva, iremos creciendo como seres humanos hacia la plenitud, la madurez y, por ende, a la sabiduría a través de la evolución porque, como decía Marcel Proust: La sabiduría no nos es dada; debemos descubrirla por nosotros mismos tras un viaje que nadie puede evitarnos ni recorrer por nosotros.