Hay dos tipos de bienes: los tangibles y los intangibles. Los bienes tangibles, como entidades sólidas que son, se pueden manipular; también podemos deshacer una parte y rehacerla pero, cuidado, porque nos arriesgamos a conservar los defectos estructurales; a esto, se le llama «reutilización». Y también podemos destruirlos y convertirlos en otra cosa; a esto, se le llama «reciclaje».

Los bienes intangibles no se pueden reutilizar ni menos aún reciclar porque, como incorpóreos que son, son energía y ya se sabe que la energía ni se crea ni se destruye, solo se transforma.

Últimamente, estamos viendo como se desvirtúa el idioma y se banaliza. Fruto de ello, se ha puesto de moda decir que se «rehace la vida» tras un divorcio, un cambio de trabajo o salir de una experiencia; quién así habla, no se da cuenta de lo improcedente de su aseveración porque, por dura que la vivencia haya sido, decir que la vida se rehace es tan incongruente como decir que el aborto es la «interrupción del embarazo»: de la misma manera que una vez producido el aborto no puede continuar el embarazo, cuando se destruye la vida es por el devenir de la muerte y, por tanto, no hay reparación posible.

Los hechos que vivimos no nos van «rompiendo» o «destruyendo» la vida, a excepción de las personas que mueren a causa de ellos, ya sea porque se suicidan o porque el victimario las mata. Los hechos de la vida son hitos que debemos pasar para lograr nuestra evolución personal. Aunque no creemos que nazcamos con un destino marcado, si observamos nuestra vida atentamente veremos que todo lo vivido, todas las decisiones tomadas, no han sido fruto de la casualidad, sino que eran las necesarias para poder evolucionar, eslabones en el camino del perfeccionamiento, el cual solo se produce cuando cada experiencia conlleva una catarsis en nuestro interior que nos hace aprender, madurar y, por tanto, evolucionar.

Así, regidos por el libre albedrío del que gozamos los humanos -ese que nos lleva a tomar una decisión o a tomar determinada senda cuando varias opciones se abren ante nosotros- ante los avatares de la vida podemos hacer dos cosas: vanagloriarnos de haber «rehecho» la vida o evolucionar realmente.

¿«Rehacer la vida»?

Cuando oímos que una persona ha «rehecho su vida» después de un divorcio o cualquier otra circunstancia, podemos dudar y plantearnos si lo único que ha hecho ha sido sacarse el muerto de encima, es decir, librarse del problema sin más. ¿Por qué? Porque la afirmación se basa en hechos circunstanciales: está con otra pareja, se ha puesto el mundo por montera o bien se ha creado un mundo de fantasía en el que se siente protegida… hasta que algo lo perturbe, momento en que se verá cuanta verdad hay en tan solemne afirmación.

Sin embargo, observando seriamente al sujeto en cuestión, no es difícil ver que ni ha superado el trauma causado por lo que haya vivido, ni ha aprendido la lección y, consecuentemente, tampoco ha evolucionado. Y es muy fácil darse cuenta de que esto es así porque este tipo de personas hacen alguna de las siguientes cosas -en los casos más graves hacen más de una y en los desesperados todas o casi todas-, a saber:

  • A la menor ocasión,- incluso aunque no venga a cuento o esté hablando con un desconocido-, se lanzan a explicar los más sórdidos aspectos de su experiencia: señal inequívoca de que no han hecho correctamente el duelo y, por ende, no han superado el trauma.

  • Cualquier excusa es buena para lanzar diatribas y pullas mal intencionadas en contra de su ex pareja, ex jefe o ex lo que sea: indicio de que no le han perdonado ni tienen intención de hacerlo porque, aunque se niegan a admitirlo, no pierden de vista a su victimario. Al estar pendiente de lo que hace y poder insultarle, se siente poderoso y es una manera de decir al mundo: «¿Veis como yo tenía razón?», con el consiguiente agravio a su salud emocional.

  • No saben estar solas: necesitan estar constantemente rodeadas de gente, hacer mil actividades porque a la que quedan solas, su conciencia vuelve a revivir una y otra vez el calvario para que se den cuenta de que, hasta que no hayan hecho el duelo y perdonado (al victimario y a sí mismos), no habrá paz interior. Muchas personas intentan callar a la conciencia con alcohol, drogas o adicciones varias.

  • Continúan moviéndose en el mismo entorno de siempre ya que les da pánico hacer un cambio radical, confirmación de que les aterra la soledad.

  • Presumen a voz en grito de que están solas porque quieren, que son dueños de sus vidas y no necesitan a nadie. Vistos desde fuera no es difícil comprobar que, más que dueños de sus vidas, son dueños la jaula de cristal en la que se han encerrado y del miedo cerval a que se repita la misma o parecida situación. Terror motivado por la inseguridad ya que, en el fondo, saben que no han aprendido la lección y, si se repitiera, serían incapaces de manejarla porque no han desarrollado las armas psico-emocionales necesarias, como queda patente en la coraza que les envuelve y la agresividad con que hablan incluso cuando están de buen humor.

  • Piensan que la sociedad debe hacerse cargo de ellas y asumir todos los problemas que les acucian; por tanto, se pasan la vida exigiendo la atención de familiares y amigos, casi obligándoles a que se hagan cargo de su persona, ya sea proporcionándoles compañía, incluyéndoles en su entorno social o sus actividades; otras, van peregrinando por las ventanillas, administraciones y centros de todo tipo, exigiendo unos supuestos derechos nacidos de no se sabe de dónde, y reclamando subvenciones, ayudas y todo tipo de prebendas en la mayoría de ocasiones no por necesidad económica real (en este caso la demanda en lógica y debe ser atendida convenientemente) sino por necesidad de que TODA la sociedad la reconozca como víctima.

  • Saben qué tipo de personas no quieren en su vida, pero a los que responden a ese patrón no los alejan, creyendo que con su experiencia podrán cambiarles o porque son familiares y/o amigos de toda la vida. Otra muestra inequívoca del miedo a la soledad y de la inseguridad emocional. Aunque estén rodeados de las personas que les traicionaron o que no les ayudaron, prefieren esta compañía a arriesgarse a estar solos con sus reconvenciones y arriesgarse al derrumbe emocional y psicológico. Por tanto, su lema es: vale más loco conocido, que sabio por conocer.

  • Son las víctimas más víctimas de todos: siempre tienen en la boca la frase: «tú no sabes lo que yo he pasado», porque han perdido toda capacidad de empatía, puesto que los barrotes de su jaula no les dejan ver más allá.

Es decir, la persona que presume de haber «rehecho» su vida lo único que ha hecho ha sido encerrarse en una jaula para lamerse sus propias heridas y regodearse en su orgullo malherido culpando al victimario; por eso, tarde o temprano la situación puede repetirse, a no ser que se encierre a cal y canto en su mundo de ilusión, porque no ha hecho nada por aprender de los errores cometidos, sino que se limita a echar toda la rabia y el odio hacia fuera, sin querer admitir su propia parte de culpa, cuanta falta les hace una buena ayuda y, por supuesto, rechazándola de plano cuando alguien se la ofrece, creyéndose que lo hacen por soberbia. Es una persona que se queda estancada, que se cree muy libre, cuando en realidad está prisionera de su miedo y de su cobardía, porque para llegar a la superación se ha de tener mucho valor. (…/…)