Hace un tiempo, leí un titular según el cual pasar más de dos horas al día en las redes sociales fomenta los trastornos alimentarios. ¿Y alguien ha cuantificado el fomento de los trastornos psico-emocionales de estar todo el día pendientes a los mensajes, los me gusta, chorradas de turno y demás tonterías que pasan a diario ante nuestras pupilas? Basta con andar un rato por la calle o un supermercado: la mayor parte del tiempo lo pasas esquivando zombis con los ojos clavados en la pantalla. Me costó mucho entrar en las redes sociales, pensaba que eran una de las muchas armas de manipulación masiva que los gobiernos estaban lanzando para controlarnos; he entrado y salido varias veces de ellas. Cada vez que he vuelto, he ido poniendo más y más trabas a solicitudes de amistad y mensajes; no tengo ningún empacho ni remordimiento a la hora de eliminar, incluso bloquear. Dije que cerraría la cuenta en una de ellas y no volvería a abrirla jamás. Tiempo después, me contradije a mí misma y regresé; pero no para hacer amigos, sino porque hay páginas de información que me interesan, porque hay algunas personas -muy pocas, cada día menos-, que todavía dicen cosas interesantes y porque, mal que me pese y me reviente, es necesario estar en ellas para que el mundo sepa lo que haces. A pesar de que me interesa estar allí, especialmente ahora con un negocio en ciernes al que tendré que hacer publicidad, cada día me reafirmo más en mi opinión: las redes son armas de manipulación masiva, cómo lo son los deportes, las películas, las series; las pseudopsicologías -sobre todo, el pensamiento positivo-; las cadenas de mensajes pseudopolíticos y tantas y tantas cosas. Así que, espero que no te extrañes si, la próxima vez que vienes por aquí, te encuentras que mi lista de «amigos» se ha reducido a tres personas; o quizá menos, porque estoy hablando de memoria y puede que al verla, decida sacar a alguien más. Si te gusta, perfecto; sino, vete por donde has venido y que te vaya bonito.