El rico idioma español está plagado de frases hechas y estereotipadas que, en muchas ocasiones, utilizamos sin pensar si es idóneo o no su empleo. Entre estas frases, las más manidas son las de pésame.

En el momento de un deceso o cuando acudimos al velatorio, las socorridas frases son empleadas de forma mecánica; en muchas ocasiones, los atribulados deudos ni siquiera las escuchan, solamente oyen voces que repiten más o menos lo mismo en una cacofonía monocorde.

Mas, ¿alguna vez nos hemos parado a pensar que, por mucho que nos faciliten la vida, en ocasiones pueden ser contraproducentes o incluso llegar a hacer daño? Para explicar nuestro punto de vista, nos vamos a quedar solo con una: «Sé lo que estás pasando, yo también lo he vivido».

Aparentemente, es una frase solidaria; empática, como se dice hoy día. Deja a las claras la comprensión del hablante hacia el deudo. Hasta aquí, bien. Pero ¿realmente sabemos de qué hablamos?

No, tú no sabes lo que estoy pasando porque no has vivido lo que he vivido yo. Tú no sabes lo que han sido los años junto a esa madre, ese padre o ese marido, unos años que solo conoces por lo que te haya podido contar o por lo que te hayan contado terceras personas, seguramente tan desinformadas como tú misma y que, como tú, hablan por elucubraciones.

Tú no puedes saber lo que yo siento, porque jamás has estado en mi casa, porque jamás has oído lo que he oído, porque no has vivido lo que yo he vivido.

Juzgas mi momento actual en función de tus sentimientos y eso es tan pueril y sinsentido, como juzgar a mi familia por cómo ha sido la tuya, como pensar que todas las familias del mundo son como la que tú has tenido.

Y no; quizá, alguna de esas familias modélicas como la tuya que pululan en tu mundo, no es tan modélica ni tan santa como tú crees, aunque de cara a la galería, semeje una reproducción de la Sagrada Familia.

«En todas partes cuecen habas, y en algunas, calderadas», dice el refrán acertadamente. Una familia que creemos modélica puede ser un nido de víboras; un hombre al que definimos como simpático y afable, puede ser un maltratador de su esposa e hijos; una madre a la que alabamos por abnegada, puede ser una tirana castradora.

Y quién no sabe de qué habla, haría mejor en callar.