Que las personas somos seres contradictorios no hace falta decirlo; especialmente, cuando hablamos. Ya sea por no desentonar del grupo con que se esté, ya sea por no quedar como un retrógrado o, simplemente, porque nos da vergüenza expresar nuestra propia opinión, el caso es que decimos lo que no pensamos y estamos de acuerdo con lo que dicen los demás.

Y luego nos quejamos que nos duele la cabeza, que tenemos dolor de estómago, que no podemos dormir… ¡Cómo no, si nos pasamos la vida siendo todo lo contrario de lo que somos realmente!

Claro que decir lo que pensamos nos puede poner en contra de los demás y, posiblemente, podemos perder alguna amistad -señal, por otra parte, de que no era una amistad verdadera, porque un amigo de verdad te acepta y te quiere aunque no piense como tú-. Pero es mucho, muchísimo peor, perderse a uno mismo. Y mucho peor es el día en que la verdad sale a la luz: porque tarde o temprano, sale.

El día en que, finalmente, el inconsciente nos traiciona y hace salir fuera lo que realmente pensamos, dejamos patidifusos a los demás y, lo más seguro, es que piensen que somos unos hipócritas, cosa harto razonable, puesto que se siente que, si no hemos jugado limpio al expresar nuestros pensamientos, ¿no será que no somos de fiar en ninguna otra faceta de la vida? Nadie puede culparles de que se pregunten si, posibles confidencias que nos han hecho, están a buen recaudo, porque si no somos leales a nosotros mismos, menos vamos a ser leales a los demás.

Mas, lo peor, es perderse a uno mismo. Quién no se respeta lo suficiente, quién no se valora bastante como para ser capaz de expresar su verdadero sentir y, por tanto, de defenderlo, difícilmente puede estar bien consigo mismo. Una persona que se respeta y se valora puede callar y no decir nada para no generar una discusión, por ejemplo, pero nunca dirá lo contrario de lo que piensa.

Autorrespetarse es el primer paso para respetar a los demás; del mismo modo que para poder amar a otra persona, primero tenemos que amarnos a nosotros mismos.

Y, si al expresar nuestra opinión generamos una discusión, ¿qué más da? Quizá sea lo que nuestro interlocutor necesita para salir de la ofuscación en la que está sumido; o quizá es lo que necesitamos nosotros para salir de la nuestra, quién sabe.

O, posiblemente,