Primavera, la espera; verano, la mano… ¿Os acordáis de esta canción? A simple vista, parece una letra ramplona, cursi, una de esas tomadas facilonas para atronar en el chiringuito de la playa y bailar a la luz de la luna con una copa en la mano.

No, la canción no es para hacer una recensión ni como base para una disertación filosófica, no da para tanto. Pero si cogemos la primera parte, la primavera, podemos hacer una pequeña reflexión: ¿solo la primavera es tiempo de espera?

Todo el año, todas las estaciones, toda la vida, son una continua espera: esperamos un empleo mejor –o uno, sencillamente, quién no lo tiene-; esperamos una respuesta a una petición, una llamada de esa persona que nos gusta… O, simplemente, esperamos que la vida nos traiga una sorpresa.

La vida puede ser como una estación: nos pasamos la vida en sus andenes esperando que llegue ese tren que nos traerá el amor que tanto se anhela, el golpe de buena suerte, la oportunidad que nunca nos dieron. La espera puede ser desesperante, desesperanzada o anhelante, todo depende de cómo nos lo tomemos o de cuantas expectativas hayamos puesto.

Pero siempre será una espera ilusionada; aunque salga mal, aquellos momentos de felicidad mientras elucubrábamos cómo sería el futuro que nos iba a traer el próximo tren, no nos los quitará nadie.

Sí, es cierto: cuando vemos que van pasando trenes y no nos traen nada o, peor aun, nos traen todo lo contrario de lo que pedíamos, deseábamos o soñábamos, se nos cae el mundo encima y nos hundimos.

Y lloramos, y nos enfadamos con todo el mundo y le gritamos a Dios que es injusto, que no nos quiere, que se ha olvidado de nosotros… Mas, tarde o temprano, volveremos a elucubrar, a soñar, a fantasear, a esperar el próximo tren, con la misma ilusión que el anterior, con la misma que esperaremos el del futuro.

Porque en la estación de la vida, los trenes están en continuo movimiento y cabe la posibilidad de que, tarde o temprano llegue el tuyo o el mío o el nuestro.