Entre 700 mil y un millón de trabajadores que sufrieron un ERTE a mediados del mes de marzo, todavía no han cobrado; muchos de ellos, hasta el pasado sábado 9 de mayo no supieron que lo tenían aprobado; otros tantos, todavía están sin tramitar. Los autónomos que confiaron en las promesas del gobierno, no han visto un euro, pero sí han visto cómo les pasaban al cobro el recibo de la seguridad social.

En Aluche (Madrid), en el Raval (Barcelona) y tantas otras ciudades -que como no son importantes no salen en las noticias- se están formando colas de gente para recoger una bolsa con comida. Padres y madres de familia que, aunque con ingresos medios, podían dar tres comidas decentes a sus hijos: hoy, y ya veremos durante cuanto tiempo, solo les pueden dar una, gracias a la solidaridad de los vecinos.

No es la Rusia estalinista, no es la Venezuela bolivariana ni la Cuba castrista; es España, la España que tras una guerra civil devastadora, llegó a ser la novena potencia mundial, a pesar -o gracias- a la autarquía; la España que tuvo el mundo en sus manos; la España que, desde que puede votar y es «libre» no la conoce ni la madre que la parió.

¿Libertad, para qué? ¿Para emborracharse, drogarse y fornicar por los parques, porque lo primero que derogaron fue la ley de escándalo público? No, señores, España no es un país libre: es la patria del libertinaje. Un libertinaje que el pueblo puede ejercer sin trabas porque al gobierno le viene muy bien para tenerlo distraído satisfaciendo sus bajas pasiones; y porque los gobernantes son los primeros en ejercerlo, con la connivencia de los que han ido a poner un papel dentro del ataúd, creyendo que ejercían su «derecho al voto» y lo único que han hecho es darles el beneplácito para que hagan lo que les salga del forro; democráticamente, eso sí.

Los que han sufrido un ERTE, no verán un euro; los autónomos que han echado las solicitudes para las ayudas, han hecho la gestión de balde, porque no verán ni un céntimo. ¿Por qué? Porque todo han sido promesas falsas, demagogia pura y dura para tener las calles en paz cuando se levante el encarcelamiento forzoso.

No hay dinero en caja; la deuda española está al 100% del PIB y se continúan pidiendo créditos que se tienen que devolver. ¿Cómo se va a sustentar el país si los gastos superan a los ingresos? Las amas de casa sabemos que cuando eso ocurre, la economía familiar se va a pique.

¿Y qué pasará cuando, en septiembre, ya no haya prohibición de despidos porque los ERTES ya no estarán en vigor y los empresarios podrán despedir por causas económicas, quedándose solo con los trabajadores imprescindibles? ¿Cuándo la hostelería no pueda readmitir a los trabajadores que ahora están en stand-by en espera de tiempos mejores que, en el mejor de los escenarios, no se verán hasta 2022? Pueden decir lo que quieran, pero 2021 va a ser un año de transición económica, no de normalidad económica.

Si ahora nadie ha cobrado porque no hay dinero en la caja pública, si para pagar las nóminas de los funcionarios y las pensiones del mes de junio han tenido que pedir un préstamo de más de trece mil millones de euros, ¿cómo se van a pagar pensiones y nóminas en julio (que hay paga doble), en agosto y el resto del año, si las empresas más afortunadas solo pueden mantener a media plantilla y el resto han quebrado, si no hay cotizaciones de autónomos porque han echado el cierre?

Y ahora, para rizar más el rizo de la demagogia, publican a bombo y platillo que darán una renta mínima a un millón de familias desfavorecidas; si alguien se lo cree, felicidades por mantener la ingenuidad y la esperanza en el futuro. Esta promesa es como la que hizo años atrás ese que se inventó las ayudas a la dependencia sin legislar la dotación económica anual correspondiente, por lo que casi nadie ha cobrado.

¿Caceroladas, mensajes circulando por las redes sociales, pitidos y abucheos cuando aparece un político en alguna parte, como los que recibió Urkullu en el hospital de Cruces? ¿Para qué? ¿Sirven para algo más que para el desahogo momentáneo? No.

Hace pocos días, en un grupo de espiritualidad, una compañera que por el tono de voz casi lloraba, preguntó cómo mantener la esperanza en estos tiempos, cuando la situación económica de la familia está tan mal. La respuesta que le dieron fue que rezara mucho, que se pusiera en las manos de la Virgen y que ya vería como todo se arreglaba. Al despedirse, parecía reconfortada.

Y eso es lo único que nos queda: la fe en que alguna fuerza divina, se apiade de nosotros y nos envíe la solución. Porque el pueblo no tenemos armas para conseguirla -las elecciones, mal que le pese a quién le pese, las gana quién dice el gobierno mundial que ha de ganarlas en función de sus intereses y los de la banca-.

Mientras esperamos, seguiremos comprobando lo certero que es el refranero español: «Gobierno de rojos, hambre y piojos».