A veces, nos parece que la vida está estancada, que nos hemos quedado varados, como el barco encallado en las rocas.

Todo es monótono, todo es una repetición, eterno día de la marmota que parece no tener fin. Y, de repente, un día, viene un golpe de mar, un golpe de la vida, que a modo de patada gigantesca, nos hace salir disparados y enfrentarnos con algo que ni siquiera nos había pasado por la imaginación que pudiera ocurrir.

Puede ser algo malo, como una enfermedad propia o de un ser allegado; la muerte de un ser cercano; o bien, un hecho inesperado en nuestra existencia positivo y que nos llena de júbilo.

Y todo cambia; o bien el mundo parece llenarse de luz, de alegría, de vida, o bien caemos aún más abajo del pozo de depresión en el que ya estábamos sumidos.

Sea lo que sea, hemos de vivirlo y saber que todo pasa. Porque las alegrías se van difuminando; las penas se van superando. A un día nublado siempre sigue uno de sol y a uno soleado otro lluvioso. No podemos pretender vivir siempre en la alegría, en una vida en que todo nos vaya bien y toda la gente es amiga; como no podemos creer que jamás saldremos de la tristeza y la depresión.

Lo primero en vivir en los mundos de Yupi, tan caros a los seguidores del pensamiento positivo y demás zarandajas al uso; lo segundo, aunque bastante más realista, también es falso, ya que no hay mal que cien años dure por mucho que nos regodeemos en el victimismo que conlleva.

En estos momentos que estamos viviendo, mantener la esperanza en un mañana que nos devuelva no a la situación pre-pandemia sino, como mínimo, a una situación que nos permita seguir ganándonos la vida para continuar viviendo, es todavía más difícil.

No siempre es fácil decirle sí a la vida; pero, al menos, debemos intentarlo.