Hace unos años, se ha puesto de moda decir: «Soy catalán y español», cosa que, a todas luces, es, como mínimo, una banalidad.

Porque ser español es el todo y ser catalán (o de cualquier otra región) es una parte. La españolidad es la nacionalidad de todos los nacidos en España; una nacionalidad que, aunque a alguno le repatee, es irrenunciable e innegable, porque España es el Estado Soberano, el que nos representa a todos -hayamos nacido en la región que hayamos nacido- y solo un Estado Soberano puede conceder nacionalidad.

Y ser catalán, vascuence o canario es una regionalidad. Porque no hay ninguna región (autonomía para los políticamente correctos) que sea soberana, por tanto, no tiene potestad para conceder nacionalidad. Por ende, decir «Soy catalán (o cualquier otro gentilicio) y español», es tan redundante como decir «Soy persona y ser humano».

Convertir los regionalismos en nacionalismos es uno de los motivos que nos ha llevado adonde estamos y eso se ha fomentado desde los medios de comunicación. Presentar a un contertulio televisivo como «catalán, valenciano o andaluz»; hablar de un deportista «gallego o mallorquín»; nombrar a las ciudades o regiones españolas por su idioma regional y un largo etcétera, ha fomentado el separatismo entre la población general.

En una televisión o una radio, todos los contertulios son españoles, independientemente de la región en la que hayan nacido; la única presentación que se ha de hacer, es su nombre y profesión, como mucho, para que los televidentes o radioyentes sepan si esa persona está cualificada para hablar con conocimiento de causa; los deportistas que nos representan dentro y fuera de nuestras fronteras, son españoles, su región de nacimiento forma parte del Estado y no ha lugar a citarla; las ciudades y regiones se nombran en español fuera de su región, donde sí es lícito que se utilice su idioma, si lo tienen.

Los políticos y los intereses espurios están fomentando las diecisiete Españas, apoyados por algunos historiadores y periodistas, que les secundan al son de premios, cargos y subvenciones; la gran masa de la población, adoctrinada por años de manipulación mediática y a través de la formación, ha caído en la trampa, como demuestra el hecho de que, cuando alguien se muda a otra región, el gentilicio de su lugar de nacimiento se convierte en su mote, las más de las veces, despectivo. Y según de donde provenga, que ni se le ocurra defender su españolidad, cómo mínimo le será negada por ser de donde es.

Por suerte, todavía quedamos unos cuantos que creemos que las partes, las regiones, cada una con sus características y su idiosincrasia, son integrantes de un todo llamado España.