Algunos parece que solo se acuerdan de sus difuntos cuando lo dice el calendario: cuando se acerca el mes de noviembre y los cánones sociales dicen que esos días «toca» ir al cementerio o pedirle al cura que celebre una misa en sufragio de sus difuntos. Entonces se apresuran a ir a encargar ramos de flores o en busca de un clérigo que ni conocen para encargar una misa a la que, algunos, ni siquiera se presentan creyendo que pagando el servicio ya han cumplido (y con creces) y, lo que es más importante, han quedado bien ante vecinos y amigos.

¿Y el resto del año? Hay 365 días, 366 en los bisiestos, para recordar, homenajear y dar las gracias a los que se han ido.

La muerte es una concatenación de la vida, va intrínsicamente ligada a ella porque son las dos caras de la moneda, aunque no es fácil aceptar el deceso de una persona, sobre todo cuando la amamos de verdad; máxime si es joven y no digamos ya si es una criatura. Pero, incluso en estos casos extremos, su desaparición no se debe al capricho arbitrario de un dios malvado que nos quiere hacer sufrir ni de un destino con ganas de amargarnos la existencia. Esa muerte, por difícil y duro que sea aceptarlo, es intrínseca a la vida y cuando antes aprendamos esta realidad y nos preparemos para saber afrontar el momento, más posibilidades tendremos de superar el duelo correctamente. También podemos verlo como los espiritualistas, que como en todo ven lecciones y decretos, contemplan la muerte como una oportunidad de crecimiento y maduración personal que nos da el universo.

Los que deudos debemos hacer es el proceso de duelo para aceptar esa muerte y poder continuar viviendo; continuar viviendo no significa olvidar a ese ser querido, sino vivir con su recuerdo presente pero sin dolor, sin sentirnos culpables, sin la sensación de que no le dijimos alguna cosa. Si es así, el proceso de duelo es un buen momento para hacer un ejercicio de perdón, en el que nos disculpemos por lo que hayamos podido hacer o perdonemos lo que el difunto nos haya hecho y en el que digamos aquello que no tuvimos valor u ocasión de decir.

La importancia de un correcto proceso de duelo es hoy día más relevante que nunca. Antaño, cuando la sociedad estaba integrada, era algo natural: se hacia un velatorio en compañía de todos los familiares, amigos, vecinos, etc., durante el cual se hablaba del difunto, se recordaban las vivencias que habían pasado juntos y que, de alguna manera, les habían marcado a ambos. Lloraban juntos pero también se escapaba alguna sonrisa al evocar los mejores momentos. Tras el entierro, empezaba el verdadero período de duelo que solía durar un año, de ahí que ese fuera el plazo normal para ir vestidos de luto; período en el que se comprendía y hasta se animaba a los deudos a llorar, a pasar por las fases propias del proceso.

La vida deshumanizada de hoy a eliminado este período tan importante y, encima, nos impide vivir nuestro proceso de duelo correctamente porque todo tenemos que vivirlo rápido, hasta el dolor. Por eso, en lugar de dejar llorar a los deudos se les dice: «Tienes que animarte», sin ningún respeto a los tiempos y a los sentimientos de cada persona. Uniformados en todo, hasta en los sentimientos, todo hemos de vivirlo y superarlo deprisa; incluso vemos con malos ojos que alguien exteriorice su dolor vistiendo de luto. Y eso no es humano ni lícito.

En nuestra codificada sociedad ni siquiera somos libres para decidir cual es nuestro período de luto: los psicólogos dicen que lo normal es entre seis meses y un año y, por tanto, todo lo que se salga de este tiempo está mal visto. En esta cosificada sociedad, la viuda que no quiere «rehacer» su vida (sobre esto hablaremos en otro artículo, que también tiene tela), es mirada como una especie de retrógrada. Y no hablemos ya si es un hombre…

La muerte se ha convertido en una especie de trámite burocrático que debemos de pasar cuanto antes mejor, como si enterrar a un ser querido fuera equivalente a llevar un impreso a la ventanilla de turno; eso sí, rodeado con todo el lujo y boato que la sociedad de consumo exige y que tiene más de acto social que de despedida definitiva.

A ello se añade el problema de la falta de contacto con la muerte; en los duelos y funerales de antaño era normal la presencia de los niños ya que ello formaba parte de su aprendizaje de la vida. Hoy, hiperprotegidos hasta el paroxismo, se les oculta la enfermedad, la vejez y la muerte, con lo que no les permitimos que conozcan y acepten estas realidades de la existencia, tan normales como la propia vida. Así, desculturalizados y faltos de conocimiento, no es de extrañar encontrar veinteañeras que no sepan que los muertos están fríos o casi treintañeros que se presentan a un entierro en tejanos y con una corbata con dibujitos de Mickey Mouse.

La consigna social establecida (volver cuanto antes a la vida normal para distraer la mente y superar la pérdida lo más rápido posible) hace que el dolor se quede enquistado, escondido en lo más recóndito de nuestro inconsciente. Y de ahí nacen un sinfín de problemas.

Nunca es tarde para hacer el duelo; hayan pasado meses, años o décadas, siempre es posible hacerlo. Se puede hacer en familia, solos o acompañados por personas expertas en estas lides, ya sea sacerdotes o psicólogos, según las creencias de cada uno; pero lo importante es hacerlo. Porque si no, corremos el peligro de que la desazón se convierta en una crisis de ansiedad permanente, en una depresión crónica, que se canalice cayendo en algún vicio o se somatice en alguna enfermedad.

Mas, hay que tener presente una cosa muy importante: si no podemos olvidar a nuestros deudos, conviene que nos paremos a pensar si es porque no hemos hecho correctamente el duelo o si es por culpa los remordimientos de conciencia por como nos hemos comportado con ellos mientras vivían.