Mis abuelos eran de la C.N.T.

Mis abuelos eran iletrados, apenas sabían leer, escribir y las cuatro reglas. Eran pobres, uno era obrero en una fábrica textil y el otro zapatero remendón.

Mis abuelos eran esposos y padres. Eran conscientes de las penurias de la familia cada vez que secundaban una huelga.

No sabían de economía, solo sabían de las peleas con la parienta porque la enésima huelga conllevaba otra semana sin jornal; no sabían de política, salvo lo que las palabras «sabias» con que los gerifaltes del sindicato les pintaban un futuro rosa; no sabían de historia, solo la que los políticos catalanistas les inculcaron, prometiéndoles un país catalán y libre de esclavitud española, en el que se atarían los perros con longanizas.

Mis abuelos sólo sabían que, gracias a la independencia y la república catalana, sus hijos tendrían una vida mejor que la suya, ¿cómo no iba a ser así? Lo prometían los gerifaltes y los políticos, esos que les llamaban «hermanos» y «camaradas», ¿cómo les iban a engañar?

Y ellos, que por edad no fueron al frente, quedaron en la retaguardia, viendo pasmados como los gerifaltes y los políticos huían a Francia para salvar su delicada piel, dejando a todos los que habían creído en ellos, a los que habían trabajado para sus fábricas -o las de sus subvencionadores- y a los que fueron al frente como carne de cañón, a los pies de los caballos, abandonados a su suerte.

Mis abuelos no hubieran ido a la cárcel, ni siquiera habrían pasado por comisaría porque ni tuvieron cargos en el sindicato ni sangre en las manos, por tanto, no tenían nada que temer. Salvo los chivatazos de correligionarios que, con Franco todavía desfilando por el paseo de Colón, ya se habían hecho con una camisa azul y susurraban nombres a la policía.

Mis abuelos también huyeron a Francia, pero no en coche: a pie, en medio del frío y la nieve de los Pirineos. Mis abuelos no terminaron en confortables pisos de París esperando a que los jefes internacionales les proporcionaran billetes de barco a Rusia o a México; mis abuelos terminaron en los campos de concentración franceses, esperando qué les deparaba el futuro. Cenando entre 5 o 6 lo que podían repartirse de una hogaza mohosa, durmiendo enterrados en la arena con un ojo abierto para intentar proteger a las mujeres -y a ellos mismos- de las violaciones de los spahis; mientras, sus «camaradas» cenaban en buenos restaurantes parisinos y dormían en cómodas camas.

Al tiempo que los gerifaltes eran llevados al «exilio», ellos fueron llevados a los campos de concentración alemanes. Mientras ellos sufrían malos tratos y eran cobayas humanas de los médicos nazis, los gerifaltes iban llorando por las esquinas -como la Zarzamora- su dolor por ser exiliados, al tiempo que bailaban la danza egipcia para que no cayera al suelo ni un solo céntimo con los que se forraban vendiendo libros, dictando conferencias y dando clases en las más prestigiosas universidades, llenándose la boca de solidaridad, de derechos humanos y de libertad, bien sustentados por los enemigos del régimen y las familias defensoras de la ilegal república y el ilegítimo Estat Català.

Mis abuelos no vieron que sus derechos se hicieron realidad gracias al denostado régimen. Nunca supieron que la tan ansiada jornada de ocho horas, la seguridad social gratuita, las pensiones de jubilación, las vacaciones pagadas, las becas de estudios para las familias con bajo poder adquisitivo, llegaron de la mano de los nacionales.

Mis abuelos murieron sin saber que, mientras ellos eran olvidados como el humo de las chimeneas de Mauthausen que les llevó vaya usted a saber dónde, mientras nadie recordaba a los muertos en Paracuellos, en las tapias de los cementerios, en las iglesias y monasterios, los gerifaltes vivían a cuerpo de rey; que cuando murió Franco, volvieron a España en olor de multitudes sin que nadie les haya pedido cuentas de los muertos que tenían en la conciencia; al contrario, les dieron actas de diputados vitalicias y homenajes por doquier.

Mis abuelos nunca supieron que, cuando murió Franco, se decidió hacer tabula rasa, pasar página y empezar de nuevo, cada uno desde sus puntos de vista y su ideología, pero todos unidos por el bien de España. Hasta que llegaron los de siempre, los que se mueven por sus propios intereses y se cargaron la unidad.

Se inventaron un reino de 17 taifas, cada una con su presidente y su corte de palmeros, eso sí, democráticamente escogidas (¿?). Se repartieron el país como se reparten las cartas al inicio de la partida de mus. Y, como en la época de mis abuelos, los gerifaltes se arrogaron la potestad de la formación.

Como en la época de mis abuelos, se ha vuelto a adocenar a las masas con soflamas, retórica, demagogia y falsas promesas, esta vez, ideologizando desde sus púlpitos laicos: los medios de comunicación, sus cátedras universitarias, las tarimas de escuelas e institutos.

Han repetido las mentiras cien veces para convertirlas en verdades, haciendo realidad el dicho: el pueblo que no conoce su historia, está condenado a repetirla.

Hoy, como ayer, los intereses espurios están controlando y manipulando la situación. Y hoy como ayer, solo el sentido común, la valentía y la verdad podrán enderezar el entuerto. Esperemos que hoy no sea con tanta sangre como ayer.