Eran las cuatro y diez de una tarde de viernes. Eran madres que iban a comprar bañadores nuevos para sus hijos porque los del año pasado no les valían; eran niños que, dejados atrás los exámenes finales, no veían la hora de volver al pueblo para reencontrarse con sus primos, de ir al camping para retomar las antiguas amistades o emprender el viaje que les llevaría a conocer otros lugares y otras personas; eran padres que trabajaban con ahínco para que sus mujeres y sus hijos continuaran disfrutando de la vida.

A las cuatro y diez cuando se rompieron las ilusiones, se resquebrajaron los sueños, se sesgaron las vidas de gentes que no sabían de política ni maldita falta que les hacía, bastante tenían con su día a día; probablemente, ni siquiera habían votado en las elecciones europeas celebradas pocos días atrás, porque ¡ya entonces! estaban hartos de chupópteros que vivían del cuento.

Eran las cuatro y diez cuando la política, la sinrazón y la insensatez les explotaron en la cara, despanzurrando sus cuerpos y diseminándolos por el hormigón, que quedó convertido en campo de batalla, cubierto por doquier de miembros, sueños, ilusiones y vidas.

Se tuvo que lamentar la pérdida de veinticuatro vidas humanas, cuatro de ellos niños… ¿pero quién lamenta la supervivencia de los cuarenta y cinco heridos y un número indeterminado de personas que, aún saliendo ilesos físicamente, sí salieron heridos de forma emocional, psicológica o ambas cosas? Los muertos fueron enterrados y con la oclusión de su vida terminó su sufrimiento. Pero nada ha paliado ni paliará el sufrimiento de los que quedaron. Nadie devolverá el miembro amputado, la alegría perdida entre los escombros, el sentido vital desmoronado.

Vidas rotas para siempre, que en lugar de recibir todo el apoyo y todo el respeto del mundo, reciben humillaciones y varapalos por doquier de manos de los responsables de hecho, pero también de los responsables de derecho. Porque en los entierros de Hipercor, como en los de cualquier atentado, no faltaron los políticos que, en busca de la foto, pusieron en marcha a todo su equipo para que les asesoraran sobre qué gesto compungido es el más apropiado, qué palabra,-¡cuánto más cursi mejor!-, es la más idónea, qué actitud dolorida es la más apta. Besaron a las víctimas con cara de oler a perro muerto, estrecharon las manos mirando al infinito, sin olvidarse de pasar inmediata y subrepticiamente las palmas por las solapas, no sea que haya quedado algún rastro de inocencia.

Esos mismos políticos que, cuando otras elecciones caen cerca de la fecha aciaga, hacen erigir un “monumento” a las víctimas que más que un monumento es una burla, como el que tuvieron a mal alzar las autoridades barcelonesas en la confluencia de las avenidas Meridiana y Río de Janeiro, a pocos metros del Hipercor, “obra”,- por llamarla de un modo-, que sólo pudo ser pergeñada por el dueño de un estómago muy agradecido que, a su vez, alimenta una mente tan perversa y cruel como los políticos que lo sustentan.

Veinticinco años han pasado y aún hoy muchas personas que perdieron un ser querido en la masacre no han recibido una indemnización. Sí, el dinero no les devolverá al hijo, al padre o a la madre pero, seguramente, hubiera permitido que estas personas sobrevivieran económica, que no moralmente, a la pérdida.

Y los políticos continúan luciendo sus sonrisas estereotipadas, sus falsas promesas y sus discursos vacuos, queriendo convencer a las víctimas que “deben” perdonar para recuperar la paz interior perdida, como si fueran las víctimas las que han de tuvieran remordimientos de conciencia; mientras, se sientan a jugarse el país con los asesinos, como si de una sórdida partida de mus se tratara, repartiéndose el pastel del hemiciclo, de los ayuntamientos y las autonomías y acordando las ayudas mutuas que se van a prestar.

Las víctimas han de perdonar; las víctimas han de olvidar y no pensar que tienen derecho a influir en la política del país. Pero, ¿y los victimarios? ¿Es que ellos no tienen obligaciones hacia la sociedad que han vapuleado? ¿Con que derecho están imponiendo su ley y su ideario? Pedir perdón no es su derecho, es su obligación; pero ¿qué resarcimiento ofrecen a cambio de él?

Nadie devolverá la vida a los muertos; nada restituirá el dolor de la madre que ha perdido al hijo, de marido o la esposa que perdieron a su pareja… El perdón trae la paz si con él viene el arrepentimiento sincero del victimario, si éste es capaz de mirar a los ojos de su víctima y solicitarlo con sinceridad y humildad. Y si es capaz de darse cuenta del daño que ha provocado y enmendar la plana de alguna manera.

“Teatro, lo tuyo es puro teatro” dice una canción. Y teatro es lo que estamos viviendo víctimas y personas de bien que pensamos que nosotros podríamos estar en su lugar y si no ha sido así es porque no era nuestra hora. Teatro burdo, teatro del absurdo, teatro macabro que nos está ofreciendo la chabacanada más esperpéntica que ser humano haya pergeñado jamás.

Y luego se extrañan que en las elecciones aumente la abstención; que en las encuestas sean ellos los que ocupan los primeros puestos de las cosas que preocupan a los ciudadanos; que sólo les escuchen los pocos que aún llevan un carnet político en el bolsillo.

Porque creen que los muertos han perdido el derecho a votar por tanto, ¿a qué viene acordarse de ellos? Pero olvidan que los vivos sí tenemos derecho a votar; y, como derecho que es se puede ejercer…, o no, claro.