En el mundo de la política, toda palabra que lleva el sufijo -ismo, suele conllevar algún tipo de peligro, ya que suele ser sinónimo de cerrazón, de enrrocamiento de las propias posiciones, de actuar con dureza contra quién no piensa igual o, incluso dentro del grupo, contra quién disiente en algún punto del camino marcado.

No hace falta a irse a épocas muy pretéritas para comprobarlo, el siglo xx nos ha dejado un amplio muestrario de ejemplos. Y, ¡oh, sorpresa!, el siglo xxi va camino de ser un remedo de su predecesor. ¿Y quién va a pagar los platos rotos? Las de siempre: las mujeres. Lo peor de todo, es que nuestros verdugo no van a ser los de siempre -los hombres- sino las propias mujeres.

El feminismo, que a pesar del sufijo no suele ser un movimiento violento, lleva siglos luchando por la igualdad. Gracias a la lucha de millones de mujeres y de no menos hombres que nos apoyan, hoy día tenemos los mismos derechos que ellos, amparados por la ley de leyes que es la Constitución. Sí, aún hay brechas que cerrar y metas a conseguir, eso es indudable. Y nos faltaría poco para llegar a la meta si no hubiera llegado a la política una generación nueva que, como todos los jóvenes que llegan al mundo de los «adultos» lo han hecho con mucha soberbia, más prepotencia, muy poco respeto por sus antecesores y mucho menos conocimiento del pasado del que sería deseable en una sociedad con la formación universal garantizada por el sistema público.

Se han arrogado la bandera y los logros del feminismo como si fueran suyos propios, presumiendo de que, si no fuera por ellas, las mujeres aún estaríamos en la cocina con la pata quebrada.

Y no, señoras, no; cuando vosotras aún no erais ni un proyecto, había mujeres que ya llevaban años partiendo la pana y partiéndose la cara -y cito solo algunas que vivido todo o una parte del siglo xx: Clara Campoamor, María Zambrano, Maruja Mallo, Victoria Camps, Lidia Falcón, entre muchas otras-; cuando vosotras no habíais ni nacido, habían muerto miles de mujeres en todo el mundo para poner las bases a los cambios legislativos que reconocieran nuestro derecho al trabajo, a la libertad individual, a la formación, incluso a la vida.

Y ahora venís a decir que si no fuera por vosotras aún vestiríamos con pieles de oso y tendríamos que ir al banco acompañadas del padre, marido o tutor. ¡Venga ya! Lo único que habéis traído es la discordia y el caos, gracias a la imposición que estáis haciendo del hembrismo más feroz y cruel. Porque las mujeres, mal que os pese, necesitamos a los hombres; no solo porque lo dice la biología y la fisiología, sino porque lo dice el sentido común. Del mismo modo que ellos nos necesitan a nosotras.

Ellos continúan ostentando el 80% del poder en las más altas instancias políticas, económicas y empresariales. Y sin ellos, jamás vamos a salir de ese 20% que deben cedernos por imperativo legal, continuarán viéndonos como unas «enchufadas del sistema», a las que tienen que poner para evitar las multas por incumplimiento de la ley; y seguiremos viendo como salvan la papeleta poniendo a quién les interesa, que no necesariamente es la más preparada.

El hembrismo que vosotras propugnáis no es más que misandria, esto es, el correlato de la misoginia. Y lo queréis imponer con una ley que no solamente incumple imperativos legales, sino que va en contra de la secular lucha feminista.

El primer imperativo legal que incumple, es el poder del que emana; como dice nuestra Constitución, las leyes han de emanar del poder legislativo -como su propio nombre indica-, es decir, el Parlamento. Redactar una ley e imponerla desde el gobierno es propio de los sistemas dictatoriales. Además, duplica algunos artículos de leyes ya en vigor, amén de otras incorrecciones que los juristas del Estado tendrán que analizar con lupa, detectadas por el ministerio de justicia.

En cuanto a los derechos de las mujeres: deja absolutamente desprotegidas a las niñas; no hay ninguna referencia a prostitutas (y prostitutos) y la pornografía, las dos industrias que generan mayor violencia y vejaciones contra la mujer, tanto en su día a día como en el efecto que causan en sus consumidores. Y va en contra de la regla sacrosanta del feminismo: la igualdad. Porque abre la puerta a denuncias falsas y a la indefensión jurídica del hombre ya que, ante una demanda por violación, es el hombre quién tiene que demostrar que la mujer había consentido plenamente. ¿Y cómo lo hace? ¿Llevando un policía en el coche? ¿Grabando cada encuentro sexual? Ah, no, que eso sería vulnerar el derecho a la intimidad y le caería otra demanda.

Vamos a ver, seamos serias: el feminismo no es tener derecho a volver embriagada y sola a casa, el feminismo es que se nos reconozca que somos ciudadanas de primera; que podamos ejercer la profesión que queramos en igualdad de condiciones que nuestros compañeros, a nivel salarial, promocional, etc.; que no tengamos que dar explicaciones por las opciones vitales o sexuales que tomemos. En definitiva: que seamos iguales en derechos y obligaciones que los hombres.

El respeto a la mujer no se consigue mezclando churras con merinas, como se ha hecho con ese invento del «lenguaje inclusivo» ni decretando leyes que vayan en contra de la mitad de la población. El respeto se gana respetando a los demás y a nosotras mismas; para conseguir que se nos apoye en nuestra lucha, tenemos que apoyarnos nosotras mismas. Para logra que la sociedad cambie, mal que os pese, tenemos que lograr que los hombres nos apoyen y crean en nosotras, porque son ellos el espejo en el que se miran sus hijos. Y si un hombre respeta, apoya los proyectos y reconoce los méritos de las mujeres de su entorno, enseñará a sus hijos a hacer lo mismo.

Pero si vamos contra ellos, si nos imponemos, les discriminamos y convertimos en blanco de nuestras iras, solo habremos cambiado el machismo por el hembrismo.

¿Y de qué habrá servido toda la lucha por la igualdad?