«Agonizar es no poder morir a causa de la esperanza. (…)»

«(…) La esperanza fallida se convierte en un delirio. (…)»[1]

Esperar sin esperanza pero aferrada a la esperanza; esperar sin esperanza, inmersa en el delirio de la esperanza desesperanzada, no porque se crea en el regreso de quién se ha ido o de lo que se ha perdido, sino porque se quiere, se necesita creer en ese regreso porqué, sino, la esperanza se convertiría en delirio y el delirio en enajenación.

Esperar sin esperanza, queriendo obligar al corazón a aceptar la realidad que la mente sabe y que intenta hacerle comprender. Pero el corazón, ¡ay, el corazón!, se niega a aceptar las razones, la lógica y la realidad y prefiere aferrarse a una esperanza que sabe vana, pero que es preferible a reconocer la realidad, a rendirse a la evidencia, a caer en la desesperación; porque reconocer la realidad, es admitir que la pérdida es definitiva.

Todo es engaño alrededor: el corazón, que quiere seguir aferrado a la esperanza desesperanzada; el entorno, que crea falsas expectativas basadas en banalidades, que quiere cambiar la realidad inmodificable con conjuros al universo… Como si al cosmos, esa masa amorfa de gases, polvo y rocas, le importaran algo las tribulaciones de la humanidad.

¿Y cuando la realidad sea tan evidente que no haya forma de ocultarla, ni siquiera a uno mismo? ¿Cómo afrontarla, cómo superar la ira hacia todos los que han mentido con sus conjuros estériles al universo, con las invocaciones a una esperanza desesperanzada?

Avivar la esperanza de una persona que ya no tiene ninguna expectativa, cuando se sabe que no hay esperanza posible, es una forma de maltrato psicológico y tendría que estar tipificado como delito.

Pocas cosas hay más crueles que dar falsas esperanzas a quién, en el fondo de su corazón, sabe que se le está engañando, que todo lo que le dicen son frases estereotipadas y vacuas para hacerle sentir un poco mejor… o para que, quién las pronuncia, se sienta mejor, orgulloso de sí mismo porque «ha ayudado»; cuando se sabe que son esperanzas desesperanzadas y que, si las acepta, es para engañarse a sí mismo, creyendo que así puede engañar al tiempo y, alargando un poco la ilusión, puede que se produzca el milagro.

Cuando, en realidad, lo que necesita es que se le enfrente con la realidad que no es capaz de aceptar por sí misma; que se la enfrente con la cruel y dura verdad, porque no tiene valor para dejar que su mente ayude al corazón a aceptarla; porque necesita que alguien la ayude a hacerlo y pueda dejar de avivar el fuego de la esperanza desesperanzada que está convirtiendo su corazón en una llama eterna de dolor.

 

[1] Zambrano, María (1989) Delirio y destino. Págs. 244 y 247, respectivamente.