…uno más de los ya vividos y los que quedaban por vivir. Un día que empezó como todos, con los pequeños rituales diarios: aseo, desayuno, mirar el teléfono y las redes sociales mientras se desayuna.

Deglutiendo el café sin saborearlo, tragando la tostada sin paladearla, oyendo la radio sin escucharla; como cada día, como un día cualquiera.

Y la rutina fue desgranando las horas, los movimientos repetitivos, los gestos inconscientes de tan cotidianos; las conversaciones reiteradas, las caras anodinas de tanto verlas. Mas, de repente, todo cambió.

Porque aquel no era un día cualquiera: era el día más importante de la vida. Sin saberlo cuando amaneció, sin saberlo cuando desgranaba la rutina diaria como granos de arena entre los dedos, sin saberlo cuando las horas pasaban lentas, cansadas y cansinas.

De repente, sin aviso, como llegan las cosas buenas de la vida, todo se transformó porque aquello que había anidado durante años en el inconsciente, se tornó una certeza evidente y clara: fue tomando corporeidad hasta convertirse en una realidad incuestionable.

Y dejó de ser un día cualquiera para pasar a ser el día; el día por antonomasia, el día de la verdad, el día de la aceptación, el día del cambio.

Y aunque exteriormente nada cambió, aunque todo parecía seguir igual, nada volvió a ser igual.

Y ese día que había empezado como un día cualquiera, quedó marcado en el calendario de su vida como el día en que todo dejó de ser lo que era.