Constantemente estamos encontrándonos, nos cruzamos con muchas personas a lo largo del día, de la semana, del mes. Algunos encuentros conllevan una relación superficial, otros a un conocimiento un poco más profundo. Y algunos, que aparentemente son fortuitos y cuya caducidad en el tiempo sabemos de antemano, nos marcan para siempre.

¿Por qué? ¿Por qué esa persona que solo vamos a ver unos días por la circunstancia que sea, se nos queda grabada en la mente? Después de la despedida, que ya sabíamos que se iba a producir, seguimos imaginando conversaciones, encuentros. Pero la conversación no llega, el encuentro no se produce; mas, sin embargo, sabemos que esa persona ha sido importante en nuestra vida, que nos ha aportado algo que nadie más podía aportar.

Esos encuentros no son fortuitos: son necesarios en nuestro camino vital. Posiblemente, esa persona nos ha despertado una ilusión dormida o de alguna manera ha sido el revulsivo que ha puesto en marcha una serie de decisiones para que cerremos una herida o nos enfrentemos a un trauma, a un miedo, a un error del pasado.

No importa que no le veamos más, que nunca podamos mirarle a los ojos y decirle un emocionado y sincero «gracias», ni darle ese beso que se nos quedó en los labios; siempre nos queda el recurso de hacerlo con la imaginación.

Lo que importa, es que esa persona formará parte de nuestra vida porque apareció en el momento adecuado y sin ella jamás habríamos tomado la decisión adecuada.

Así que: Gracias…