Por lógica, ha de ser así; pero la lógica, como el sentido común, no son los puntos fuertes de este colectivo llamado «seres racionales». El raciocinio, en muchas ocasiones, más parece la malformación del nombre de un novelesco caballo que la característica fundamental de los seres humanos.

¿Cuántas consultas de psicólogos y psiquiatras son causadas por la desolación de padres, madres, abuelos o personas, destrozados por ver que todo el amor que han volcado en hijos, nietos, familiares o amigos les ha llevado a ser blanco de burlas, de desprecios? ¿Cuántas personas que se acercan a grupos de ayuda mutua o a colectivos fraternales o de espiritualidad, exponen la misma queja?

Y, la mayoría, reciben la misma respuesta: si no han recibido el amor que esperaban, es que no han actuado movidos por el amor verdadero, sino esperando algún tipo de reconocimiento porque sus actos están motivados por el interés o por la búsqueda de amor y reconocimiento en los demás, que palíe la falta de amor por sí mismos o compense algún complejo psicoemocional; por eso, se comportan de forma servil, complaciente, sumisa… O sea, ¡que la culpa es de la víctima!

Y no, la culpa no siempre es de la víctima. Cierto es que hay personas que por baja autoestima desarrollan un complejo de superioridad compensatorio que les lleva a creerse merecedoras de todos los afectos del mundo. Y otros que, porque buscan algún tipo de beneficio, se comportan de manera servil, adaptando sus opiniones o gustos a los de la persona o grupo con quién estén, o siendo los primeros en ofrecerse voluntarios, con tal de que les den afecto o que los elogien por su altruismo. Esos sí qué son interesados y se les ve a la legua.

Pero también hay personas que por puro altruismo y amor al prójimo, siempre están disponibles para los demás, que sus palabras y actos están plagados de amor puro y sincero y, a cambio, son el blanco de burlas, de críticas y de abusos, porque «cómo es tan bueno/a y ama tanto, todo lo perdona».

Quién dice que eso no es así, que si actúas con y desde el amor, solo recibes amor es que, o bien vive en los mundos de Yuppy o está integrado en un entorno en el que todos piensan y creen igual. Es decir, es alguien que niega la realidad del mundo, una realidad que psicólogos y psiquiatras admiten: que hay personas malas, no porque tengan una enfermedad mental, sino porque el mal y la maldad existen y, consecuentemente, son incapaces de aceptar el bien, la bondad y el amor; por eso, cuando lo encuentran, reaccionan con escarnios, con desprecios, incluso con violencia.

Negar la maldad humana es tan incongruente como negar la bondad humana desinteresada. Negar que toda persona que actúa desde el amor lo hace de forma altruista es tan incongruente como decir que toda persona altruista actúa movida por algún interés -ya sea para obtener un tipo de beneficio o ya sea para cubrir una carencia psicoafectiva-.

Que el amor es el motor universal ya lo decía Platón; que la maldad humana es intrínseca al ser humano ha estado en el ideario de muchos grupos heréticos. Llevar la vida hacia el amor en aras de la paz, es el objetivo que cualquier persona de buena voluntad apoya y desea.

Por eso, no podemos enrocarnos y decir que toda persona bondadosa, si espera el mismo trato, es una persona interesada o que busca llenar un vacío psicoemocional. Es, en todo caso, una persona coherente; porque si trata a todo el mundo -aunque sea un garrulo que no se lo merezca- con afabilidad y amor; si ayuda a quién lo necesite -sin mirar ni qué religión profesa ni de qué color es su piel-, ¿no es normal que espere que, cuando necesite ayuda, también la reciba? A eso no se le llama interés: a eso se le llama Justicia -lógica, kármica, cósmica o divina, cada uno la adjetive según su creencia-.

Decir que quién defiende que no siempre el amor se paga con amor está equivocado, es vivir en una realidad paralela; decir que siempre el amor se paga con amor, es vivir en un círculo cerrado de personas que todas piensan igual y no aceptar que hay una realidad diferente ahí fuera. Y la endogamia, lleva al fanatismo; y el fanatismo, lleva a la intolerancia; y la intolerancia, lleva al enfrentamiento.