DECIR SÍ

Sí, es una palabra habitual en el lenguaje; afirmación por antonomasia, la decimos de forma mecánica cuando nos preguntan algo. Tan mecánica que, más de una vez, hemos de rectificar porque al recapacitar, nos damos cuenta de que, o bien no podemos realizar lo que nos han pedido o con el paso de los días, es algo que no nos apetece.

Así, la afirmación se convierte en un comodín, en la respuesta que todos esperan que demos, ya sea porque conocen de nuestra amabilidad intrínseca, ya sea porque es lo que se ha de decir para quedar bien.

A fuerza de emplearla de esta guisa, hemos ido banalizándola, quitándole la fuerza de compromiso que tiene intrínseca. A poca gente le importa ya, en esta banalizada sociedad en la que vivimos; a pocas personas les extraña que, tras un estentóreo «Sí» la persona, días u horas después, esgrima cientos de excusas para desdecirse del compromiso adquirido.

Porque decir sí implica adquirir un compromiso, aceptar que ayudaremos ante el favor que nos piden, que cumpliremos con el encargo que hemos aceptado. ¿Y cuantas personas todavía son (somos) conscientes de ello y, aunque al recapacitar nos demos cuenta de que hemos hablado con precipitación, asumimos el error cometido y tratamos de cumplir lo mejor que podamos?

Hoy, en esta sociedad -me niego a escribir y decir «nuestra sociedad» porque es la sociedad de unos cuantos no la de todos- del todo vale, del descreimiento, de la banalidad, ya no le importa ser infiel al compromiso, a la palabra dada. La frivolidad ha llegado a tales niveles que ni siquiera los valores que deberían ser su pilar tienen sentido: la fidelidad, la lealtad, el compromiso.

Sobre todo, el compromiso… ¡qué miedo da! Pero de ello, hablaremos otro día.