Nos han vendido los avances en tecnología como la panacea a la soledad y la incomunicación. Según dicen, estamos más en contacto que nunca con nuestra gente; rara es la familia que no tiene su propio grupo de whatsapp, raro el grupo de amigos que no se pasa el día enviándose emoticonos, extraño el grupo de clase o del tipo que sea que no tenga su homólogo en una red o en todas.

Pero ¿realmente nos ha facilitado la comunicación?

Ya no se puede ir a cenar tranquilamente con alguien sin que, a cada dos bocados, suene la campanilla de Whatsapp, de Twitter o Messenger; ¿tomar algo charlando tranquilamente? es ya una utopía más increíble que la de Tomás Moro. Es comprensible cuando estás con un médico especialista en trasplantes, que ha de estar siempre disponible porque, cuando aparece el órgano adecuado, ha de correr a quirófano; o cuando se trata de un cerrajero que ese día tiene guardia.

Pero, en la mayoría de los casos, no es así; es, simplemente, que queremos dar la imagen de que tenemos una familia modélica, de esas de película americana o que nuestra vida social deja chiquita a la que cantaba Alaska en Bailando…, cuando lo único que pasa, es que nos queremos tirar el farol o, lo peor, que nos engañamos a nosotros mismos porque tenemos tanto miedo a la soledad, que preferimos seguir perteneciendo a esa familia o a ese grupo, aunque nos estén destrozando la vida. O porque tememos que, si no hacemos estos paripés, nos tomen por unos misántropos o piensen que estamos fuera de honda.

Claro que, también tiene sus ventajas. Hace muchos años, Daniel Lei-Lewis recibió críticas a tutiplén por pedirle el divorcio a su esposa con un fax. Hoy día, ya nadie se extraña de que se notifique el divorcio o se geste la rotura de una amistad vía Whatsapp. Hemos llegado a tal grado de incomunicación, que nos creemos que esos mensajitos llenos de monigotes y caras ñoñas son equivalentes a una llamada, a una charla en una cafetería, a un paseo juntos.

Sí, estamos conectados todo el día, recibimos mensajes por diversos canales durante horas, pero nunca habíamos estado tan solos, tan alejados los unos de los otros. Porque, aunque nos juntemos a cenar o a tomar algo, las campanillas forman una barrera infranqueable que impide una verdadera conversación.

La comunicación no es eso; la amistad no se demuestra mandando caras ñoñas; el amor no se expresa con corazoncitos de colorines. Las conversaciones no se tienen con mensajes casi cifrados y que, como se cruzan, a menudo no tienen nada que ver con lo que se ha empezado a decir. Así, lo único que hacemos es complicar aún más, las ya complicadas relaciones humanas, dando lugar a malos entendidos.

La comunicación, cuando se quiere que sea sincera, solo tiene una vía: una conversación cara a cara. Con los teléfonos apagados porque solo en contadas ocasiones, la llamada WhatsApp, tuit o mensaje es imprescindible contestarlo al momento; a ser posible, en un lugar privado, que evite esa impresión de que alguien puede estar poniendo la oreja donde no debe. Y con dos asistentes ineludibles: la sinceridad como invitada de honor y la verdad presidiendo la reunión.