Suele decirse que los hombres son más inmaduros que las mujeres; que, como mínimo, tardan un poco más en madurar que nosotras.

Evidentemente, como todo en esta vida, generalizar es muy injusto; ni todos los hombres tienen la edad mental estancada en algún vericueto de la adolescencia ni todas las mujeres somos más maduras de lo que corresponde a nuestra edad cronológica.

Pero sí es cierto que, el que llega a la frontera de la madurez sin haber hecho el último hervor, es una especie de niño grande que a la mínima monta pataletas, fácilmente identificables sin necesidad de ser psicólogo o psiquiatra: cuando se le lleva la contraria o se le echan en cara algunas cosas lo primero que le viene a la boca es: «Tranquila, estás muy alterada».

¿A que os suena, chicas? Sí, amigas mías, ese es el primer indicio de que a un hombre le falta un hervor -como mínimo- puesto que si no sabe distinguir entre una mujer enfadada y una mujer nerviosa, es sinónimo de que, o bien ha tenido muy poco contacto con nuestro sexo o es que es un narcisista que no ve más allá de la punta de su…

Un hombre que se viste por los pies, un hombre que tiene la cabeza bien amueblada, como se dice coloquialmente, un hombre que tiene la edad mental a nivel de la edad cronológica ni se le pasa por el magín decir una cosa así. Si alguno te lo suelta, huye cariño, porque eso no está buscando una pareja, sino una mamá que le haga «sana, sana, culito de rana» a cada momento.

Un hombre como ha de ser no dice una cosa y a los tres segundos hace todo lo contrario; un hombre como ha de ser, no se pasa la vida presumiendo de sus virtudes y denostando a los demás, diciendo que todo el mundo le engaña porque se aprovecha de su bondad. Un hombre de verdad sabe que, la primera vez que le toman el pelo, es culpa de quién lo hace, pero la segunda, ya es culpa suya por permitirlo.