Tras meses de negaciones, don Plácido Domingo se ha decidido a admitir su culpa y pedir perdón a las víctimas. Detalle que medio le honra porque aceptar la responsabilidad y pedir disculpas es un acto de admisión de culpa y hasta puede ser sinónimo de arrepentimiento, si se dice sinceramente; pero, en este caso, como en otros muchos, es, a todas luces, insuficiente.

Nada compensa a una mujer vejada o acosada; mucho menos, a una violada; nada, aunque vea a su victimario pudriéndose en la cárcel y a ella le den una indemnización millonaria, borrará jamás de su mente y de su corazón, la humillación, la vergüenza, el asco, la impotencia, el dolor… todos los sentimientos que la dominaron durante y después del crimen.

Las mujeres llevamos siglos soportando violaciones sistemáticas de obra y de palabra. Sí, de palabra. Porque también nos sentimos ultrajadas cuando estamos explicando nuestro punto de vista y nos miran de arriba abajo con suficiencia y nos dicen: «Anda, calla que no sabes de qué hablas»; o cuando dices que no a una propuesta sexual y te miran con sonrisa socarrona diciendo: «Venga, tonta, que yo sé que lo estás deseando».

En personas mediocres, esta actitud es indicativo de complejo de inferioridad, que compensan actuando con prepotencia para sentirse importantes y, por unos momentos, no recordar su miseria mental y emocional. Pero en personas grandes, con trayectorias brillantes, caben dos explicaciones: o actúan como los mediocres porque también están dominados por un complejo de inferioridad, o bien es que están tan pagados de sí mismos que se creen por encima del bien y del mal. Y como saben que nadie se va a atrever a denunciarles por ser vos quién sois y porque el miedo es muy incapacitante, ancha es Castilla.

Quién ha tenido que dejar impune un crimen como es una violación porque es consciente de que lo que diga, no solamente no va a ser creído, sino que va a ser recibido con escarnio -especialmente si el victimario es de su propia familia o un personaje más o menos relevante o poderoso- pasa por un doble calvario – el del crimen sufrido y el de no poder hacer justicia- inenarrable del que nada puede compensarle. Podrá sobrellevarlo y aprender a vivir con el trauma con ayuda de terapia y/o medicación, pero jamás sanará.

Y si ver al victimario sentado en el banquillo de los acusados no compensa pero, al menos, queda el alivio de que se ha hecho justicia, ¿compensa una petición de perdón?

No, señor Domingo y cientos de miles como usted: no compensa ni siquiera alivia. Porqué, de la misma manera que hubo gente que acusó a sus víctimas de apuntarse a la «moda» de denunciar a hombres importantes por delito sexual, es de recibo que los que las creemos, pensemos que sus palabras son solamente un canto al sol para lavar su imagen y presentarse como un pobre inocente que se dejó llevar por sus instintos sin pensar que estaba haciendo daño.

Solo los psicópatas disfrutan ante el dolor de sus víctimas y, siendo conscientes del daño que están haciendo, ensañarse con ellas, porque se regodean en el dolor ajeno. Un hombre normal, aun dominado por la pasión del momento de lujuria, es capaz de darse cuenta del gesto de dolor, de que el grito no es de placer y de que la negativa no es sinónimo de mojigatería. Y para en seco.

Solo cuando las mujeres hemos empezado a apoyarnos mutuamente, nos hemos atrevido a empezar a denunciar, aunque el victimario sea alguien importante. Y no es una «moda», es sacar a la luz una realidad que llevamos siglos soportando. Y, aun así, las valientes que han salido a la palestra, tiene que soportar que se las acuse de buscar desde protagonismo hasta dinero fácil, ya sea por las entrevistas o por compensaciones millonarias.

Antaño se nos acusaba de brujas y se nos asaba en la plaza mayor; hoy se nos acusa de interesadas y se nos abrasa en las redes sociales. Pero hoy, como ayer y como siempre, la verdad acaba abriéndose paso.