Hay palabras que parecen tener el poder de hacer salir sarpullidos a quienes las oyen -en el sentido literal de oír-. Compromiso es una de ellas.

Curiosamente, es una palabra muy en boga, quién está a la última moda la utiliza en sus soliloquios de manera casi continua como una jaculatoria -como no sigo la moda no me sale decir «mantra»-, aunque ni siquiera sabe qué signifique: compromiso con la sociedad, con el medio ambiente, con las sociedades castigadas…

Compromiso es una palabra que viene del latín, compromissum; en el diccionario de la RAE tiene siete acepciones de las cuales nos vamos a quedar con la primera y la segunda, a saber: 1. m. Obligación contraída; 2. m. Palabra dada. ¿Os imagináis qué escalofrío les habrá entrado a algunos y que sarpullido a otros tantos? Eso si alguien no ha entrado ya en pánico. [Me abstengo de nombrar la acepción 5, no quiero cargos de conciencia. (Para curiosos: 5. m. Promesa de matrimonio)].

Mas, como todo en esta vida, a comprometerse, también se ha de aprender. Y, ¿cómo aprender algo que no se ve en el centro educativo por excelencia, es decir, la familia? El compromiso forma parte de los valores que deben transmitirse por la Educación, por eso no puede enseñarse en la escuela o el instituto, porque su labor es única y exclusivamente impartir formación.

Pero ¿cómo tener hijos comprometidos si sus padres son los primeros que tienen pánico al compromiso, como demuestra que ni siquiera están casados porque, dicen, firmar un papel les haría romper la pareja ya que se sentirían atados? ¿O si ven que los abuelos son llevados a un asilo -residencia es un eufemismo-, porque nadie recuerda que tienen un compromiso para con ellos? Quién suscribe no es cinéfila y menos aún del cine moderno, pero por casualidad vi una película llamada Diario de una niñera. En ella, la protagonista se despide de su trabajo enviando una carta a la madre del niño que ha cuidado; una de sus frases es el fiel reflejo de la realidad que vivimos: le pregunta porqué está tan comprometida con una ONG dedicada al cuidado de los niños, cuando ella abandona el suyo en manos de niñeras.

Las madres, pilar de la familia y, por ende, de la sociedad -mal que pese a muchos/as- son las principales transmisoras de los valores. Y si ellas no están comprometidas, ¿cómo van a enseñar a sus hijos? El compromiso, como la caridad, empieza en casa, tanto para aprenderlo como para practicarlo.