Indudablemente, sin la ciencia el mundo no habría avanzado hasta los niveles en que estamos hoy día; la ciencia ha sido el motor que ha impulsado el desarrollo de la actividad humana. Asimismo, todas sus ramas, desde la biología a la nanotecnología, son ya imprescindibles. Pero, ¿a qué precio?

Vamos a centrarnos en los avances en biogenética y la manipulación que conlleva. Es un vasto campo de acción que permite a los expertos (biólogos, genetistas, etc.), trabajar con lo más íntimo de nuestra identidad, a saber: los genes. Indudablemente, su trabajo es muy importante a la hora de identificar el origen de enfermedades; si este mal es muy invalidante para el ser humano, saber si se es portador de dicho gen permitirá tomar decisiones a la hora de tener descendencia, por ejemplo. También permite crear medicamentos más precisos y tratamientos más eficaces.

Pero, y aquí creemos que está el quid de la cuestión: ¿dónde está la frontera entre genética y ética? ¿Dónde termina el estudio y empieza la manipulación? ¿Dónde se deja de ser científico y se empieza a jugar a ser Dios?

No hace falta recurrir a la ciencia-ficción para hacerse una idea de adónde puede llegar este campo, bastantes ejemplos tenemos ya. Como si fuera un juego, podemos optar por un perfil bajo y decidir cómo queremos que sean nuestros hijos: su color de pelo y ojos, etc. Si avanzamos más, podemos hacer que otra mujer engendre nuestro retoño -si no podemos hacerlo naturalmente- o que otro hombre sea el padre biológico si nuestra pareja no puede, así como tener un hijo sin pareja; y a más alto nivel, decidir qué genes eliminar de su ADN para que no herede enfermedades o malformaciones. También se pueden eliminar genes «no deseados» en un organismo adulto… Y esto es sólo la punta del iceberg.

En aras del «desarrollo», los últimos avances en biología molecular y celular están encaminados a la creación de órganos para el trasplante; esto, a primera vista, puede parecer positivo, ya que las donaciones no son suficientes para cubrir la demanda. Pero los estudios actuales avanzan en dos vías: la primera, hacer que las células madre desarrollen un órgano y posteriormente, hacerles una regresión a su condición original y que desarrollen otro órgano diferente. Y la segunda vía: dejar que las células madre desarrollen el órgano para el que están preparadas, introducir ese «embrión de órgano» en un cerdo (sí, han leído bien, en un cerdo porque es el animal genéticamente más parecido a los humanos) para que termine su desarrollo y poder trasplantarlo al humano que lo precise.

Esto no es ser científico, esto es jugar a ser Dios. Y es ir en contra de toda ley natural y también de toda ética. Porque es absolutamente anti-natural querer revertir lo que la Madre-Naturaleza nos concede, ya sea el pelo negro o una enfermedad. La Naturaleza no actúa por su cuenta, lo hace como mediadora de unas leyes superiores, unas leyes divinas que son las que determinan qué vivencias, qué experiencias vamos a tener que pasar en esta vida terrenal. Y sí, tenemos libre albedrío para decidir qué hacer en un momento determinado, pero el libre albedrío nunca puede emplearse para perjudicar a otro ser vivo, sea animal, planta o humano.

Y esto nos lleva a la ética. Poner nuestro bienestar, la satisfacción de nuestros deseos por encima de todo es un ejemplo del más puro y duro egoísmo; y más, cuando esta satisfacción conlleva el aprovecharse y perjudicar a otro ser vivo, como decíamos en el párrafo anterior. De la misma manera que alquilar a una mujer para que desarrolle un feto ajeno es anti-ético, egoísta y altamente perjudicial (si hay embarazos naturales que conllevan graves trastornos en la madre gestante, qué no ocurrirá cuando el feto introducido es ajeno a la genética de la portante y no hablemos ya del perjuicio psico-emocional debido al vínculo que se establece a esos niveles), también lo es emplear a un animal introduciendo en su organismo agentes totalmente ajenos a su biología.

La anti-naturalidad de estas actuaciones es fácilmente comprobable en las consecuencias que conllevan. Sí, puede ser que el trasplante sea un éxito, que la manipulación genética nos haga tener ese hijo que tanto deseamos, pero, ¿a qué precio? No todas las personas que se someten a estas prácticas viven posteriormente una vida plácida y feliz; los efectos secundarios no siempre son producto del proceso ni de los medicamentos, también tienen origen psico-emocional causado por los mensajes que el inconsciente va emitiendo, preguntándose si se ha actuado correctamente mas, sobre todo, porque se sabe que se ha actuado contra-natura. De la misma manera que cuando tomamos una decisión incorrecta nuestra mente nos martillea constantemente con reproches, cuando actuamos contra-natura es nuestra conciencia la que censura nuestros actos.

Crear órganos, manipular genes, experimentar con células-madre, es una realidad que está aquí desde hace mucho tiempo y, por desgracia, va a ir a más, entre otras cosas, porque genera muchos beneficios económicos. Los científicos son personas de bien, que trabajan para conseguir un futuro mejor pero, ¿todos? ¿Y también lo son quienes financian sus investigaciones?

La biogenética puede convertirse en un arma muy peligrosa si cae en manos de una mente retorcida y malvada; si el doctor Menguele hizo lo que hizo con la tecnología de su momento, ¿se imaginan adónde podría llegar alguien que tuviera una mente parecida a la suya con la biotecnología de hoy?