Hacía tiempo que no me acordaba de ti; el suficiente para no recordar cómo es tu cara, solo recuerdo la voz bronca, rugosa, la expresión fría y calculadora de tus ojos.

Quizá solo recuerdo esos detalles porque fueron las cosas que me marcaron de ti, como las palabras que oía de tus labios, como las palabras que escribías en el whatsapp, sobre todo aquel primero que fue como una puñalada.

Ya desde ese primer mensaje, el corazón me decía que te bloqueara de todas las redes, que estoy muy bien protegida en mi nido de águilas y, si te atrevías a aparecer, me daría tiempo a llamar a los ángeles de la guarda que, vestidos de verde, me defenderían y protegerían.

Pero quería ser una mujer normal, vivir las cosas que viven las mujeres, ser una más del grupo. Necesitaba sentirme aceptada, sentir que formaba parte del montón, que podía conversar con las demás, porque era una de ellas.

Pero logré darme cuenta a tiempo de que no soy una mujer normal, que no soy como las demás y que nunca podré formar parte de un grupo al uso, porque mi alma y mi corazón están a años-luz. Y, como siempre, mi ángel de la guarda me dio las fuerzas y el apoyo que necesitaba para echarte de mi vida.

El tiempo, ese gran polifacético, hizo el resto: como médico, no tardó mucho en sanar el rasguño que habías hecho en mi corazón; como psicólogo, no tardó en restañar el mal que habías intentado inocular en mi mente; como juez, pronto te dio el castigo que merecías.

Hace poco me he enterado de que has muerto. No puedo decir que me alegro, no soy tan cruel aunque muchos -entre ellos, tú- me cataloguéis de malvada, desalmada, manipuladora y otras lindezas, porque no soportáis que no me haya dejado doblegar por vuestros intereses.

No, no me alegro de tu muerte; tampoco me importaba si seguías vivo; la verdad es que cuando supe tu deceso, ya me había olvidado de que habías estado en mi vida alguna vez. Pero sí me acordé de una cosa: que había sido muy desagradecida y no te había dado las gracias.

Gracias porque con tu comportamiento…

…me ayudaste a que me diera cuenta de que tenía que seguir a mi corazón y no a mi cerebro;

…me acepté definitivamente como soy;

…me permití tomar las decisiones que mi alma necesitaba;

…aprendí a decir en voz alta lo que pienso y lo que siento;

…aprendí a decir NO.

Gracias y buen viaje.