Introducción

Decía Joan Manuel Serrat en una conocida canción: «(…) cuando de nada nos sirve rezar. (…)». Puede ser que, aparentemente, no nos sirva de nada pero…

Antes de entrar en materia, hagamos una distinción que creemos importante: rezar no es lo mismo que orar. Rezar es recitar una oración establecida por la Iglesia; en cambio, orar es hablar con Dios desde el corazón, adorándole y poniendo en Sus manos nuestras tribulaciones, peticiones, etc. Jesús, con Su palabra y Su ejemplo, nos enseñó a orar; en Mateo 6:5-8 nos dice cómo hacerlo:

«Asimismo, cuando oráis no habéis de ser como los hipócritas, que de propósito se ponen a orar de pie en las sinagogas y en las esquinas de las calles, para ser vistos de los hombres; en verdad os digo que ya recibieron su recompensa. Tú, al contrario, cuando hubieras de orar, entra en tu aposento y, cerrada la puerta, ora en secreto a tu Padre, y tu Padre, que ve en lo secreto, te recompensará. En la oración no cuidéis de hablar mucho, como hacen los gentiles; que se imaginan haber de ser oídos a fuerza de palabras. No queráis, pues, imitarlos; que bien sabe vuestro Padre lo que habéis menester antes de pedírselo.»

Para finalizar esta introducción, recordaremos que rezar, es decir, repetir oraciones de forma más o menos mecánica, es una práctica de origen pagano a la que el mismo Jesús se opone, como leemos en la cita referida.

¿Orar resuelve nuestros problemas?

Orar no cura la enfermedad de un hijo, no hace que al volver a casa encontramos la convocatoria a una entrevista de trabajo; orar no cura la depresión que nos ha dejado un divorcio o la muerte de un ser querido.

Pero orar serena, calma, sosiega nuestra alma atribulada. Sentarse en un templo silencioso, en un banco al aire libre o nuestro lugar favorito y contarle a Dios nuestra aflicción, nos libera de los pesares; poner en Sus manos la pena descarga nuestros temores y proporciona una inmensa sensación de alivio, de paz interior, de calma serena. Si la oración se convierte en un diálogo, vamos desgranando diferentes enfoques que aclaran nuestra perspectiva y nos hacen más fácil encontrar una solución o ver el porqué de lo que estamos viviendo.

Entonces, ¿cuál es la diferencia entre orar y contarle nuestras cuitas a otra persona? Que la persona nos aconsejará en función de su bagaje y su punto de vista lo que puede sugestionarnos y tomar una senda que, lo más seguro, es que con el tiempo se revele equivocada porque no corresponde con nuestro verdadero yo; en cambio, al orar hallamos el camino a seguir en función quién somos realmente no por autosugestión, sino porque Dios nos guía por el camino correcto, puesto que Él nos conoce mejor que nadie y sabe lo que necesitamos. Lo más curioso es que puede ser que nos lleve a un camino o una solución absolutamente opuesta a la que creíamos; mas, ya se sabe, los caminos del Señor son inescrutables.

Orar con el corazón es la verdadera oración, la que hace que nuestro ser espiritual, ese que tan a menudo dejamos de lado en nuestra sociedad, vuelva a ocupar su lugar.

Porque somos cuerpo, mente y espíritu, somos tres y somos uno aunque parece que estemos escindidos: hay quién solo ofrece culto al cuerpo; quién todo lo pone en el poder de la mente, intentando racionalizar hasta lo irracional, ya sean sentimientos o espíritu o quién niega toda espiritualidad por confundirla con religión, entendiendo por tal el conjunto de dogmas, ritos y oraciones institucionalizadas. Y también hay quién considera que la religiosidad solo puede vivirse siguiendo las pautas dogmáticas de una religión, pautas inamovibles consideradas verdades absolutas y que solo puede considerarse oración verdadera al rezo, la repetición monocorde de oraciones refrendadas por la autoridad eclesiástica.

Orar con el corazón, por tanto, es la puerta de entrada a calmarnos y desahogarnos. Si, además, lo que buscamos es encontrar la solución a un problema, debemos dar un paso más y encaminarnos hacia la meditación. Y no hablamos de la meditación al estilo de la Nueva Era o de las religiones orientales; hablamos de la meditación religiosa.

Meditar, etimológicamente, significa aplicar el pensamiento en algo; una vez más encontrarnos el elogio a la mente que citábamos antes. Sin embargo, una meditación serena, que nos ayude a acallar los pensamientos y fijarnos en algo concreto -generalmente el problema que nos atribula o la duda que nos corroe- nos abre las puertas a Dios, a poder escuchar su Palabra.

Ante tal expectativa, ¿cómo no preguntarnos si es posible que muchos trastornos del mundo actual como la depresión o la ansiedad, podrían resolverse recuperando nuestra vida espiritual?

Recuperar la esencia espiritual es recuperar el contacto con Dios, con ese Ser Supremo que todas las cosmovisiones afirman que llevamos dentro de nosotros y que puede convertirse en el guía de nuestras vidas. Recuperar la espiritualidad, por tanto, permite encontrar el punto clave de nuestra paz interna para llevar nuestra vida por el camino y las vivencias que nosotros queremos, libres de los estereotipos sociales o lo que nuestro entorno espera de nosotros. Porque quién recupera el contacto con Dios logra sacar a la luz su verdadero Yo, la entidad auténtica que es libre de todos los convencionalismos.

Seguir el camino de la verdad para recuperar la esencia de cada uno, para tomar las riendas de la propia vida y, si es necesario darle un giro copernicano, requiere mucha fortaleza y mucha seguridad en uno mismo; pero, sobre todo, requiere mucho amor. Porque quién realmente se quiere, busca lo mejor para su vida y su persona no por egoísmo, sino porque es consciente de que, si no logra estar bien consigo mismo, jamás podrá estar bien con nadie. Lograr la paz interior, respetar los verdaderos deseos y luchar por los anhelos, por muy en contra de los convencionalismos que vayan, es el camino para ser respetuoso y amoroso con los demás.