Cuando dos verbos tienen significado parecido, suelen considerarse sinónimos; así ocurre con oír/escuchar, mirar/ver y, por supuesto, con amar/querer.

Y no, no son sinónimos. Son parecidos, pero no son lo mismo. Amar es una cosa y querer otra.

Ambos designan al sentimiento que nos une a las personas, el amor, pero son diferentes maneras de expresarlo; incluso, podríamos arriesgarnos a decir que son diferentes grados. Porque querer, queremos a muchas personas: a nuestros padres, hermanos, abuelos y demás familia; a nuestros hijos, nietos y, quién llega a provecta edad, a los biznietos; a nuestros amigos y allegados. Pero, incluso dentro de este conjunto variopinto de gente a la que queremos, no a todos les queremos igual, depende del grado de confianza o de la cercanía en cualquiera de sus vertientes.

Pero amar, lo que se dice amar, eso ya es otra cosa. Amar es el sentimiento pleno, el sentimiento puro que nos une a una persona de forma indeleble. Es un sentimiento que no tiene nada que ver con la pasión ni menos aún con la sexualidad. Amar es un sentimiento puro que podemos sentir hacia cualquier persona, aunque lo vivimos más plenamente en la pareja.

Se puede querer mucho a la pareja pero no amarla. Se puede convivir en armonía durante años, unidos por el cariño, la amistad o una buena sintonía sexual. Pero esa pareja no está unida por el amor verdadero; son parejas que se dicen «Te quiero».

Esas parejas, de repente, sorprenden a propios y extraños con un divorcio tras años de convivencia que muchos consideraban perfecta. ¿Por qué? Porque se querían, sí, pero no se amaban. Y llega un momento que pequeños detalles aparentemente sin importancia -como utilizar un mote o una palabra supuestamente cariñosa pero que, en realidad, esconde una crítica o un insulto- van socavando la relación, enfriando el cariño y haciendo labor de zapa hasta romper el vínculo.

En una pareja que se quiere hay posibilidad de maltrato solapado, de desprecio encubierto; por ejemplo, si uno dice que no le importa que a su pareja le sobren unos kilitos pero, como apelativo cariñoso le llama «Gordi, Gordito/a o Gordo/a», le está maltratando psicológicamente porque, en el fondo, sí le molestan esos kilitos. O si utiliza este apelativo -lo remarcamos porque está muy de moda- con una persona que no le sobra ningún kilo, el receptor, inconscientemente, lo va asumiendo como una verdad y terminará con problemas psicoemocionales -que parecen no tener origen ni motivo- pero, en realidad, derivan de este supuesto mote cariñoso. Cuando una pareja solo se quiere, se acepta una relación abierta, hacer tríos o que cada uno prefiera confiarse a su mejor amigo o su mejor amiga; cuando uno fallece, el superviviente tarde o temprano, vuelve a emparejarse.

Cuando una pareja se ama, no ha lugar ni al engaño ni al maltrato ni al insulto ni a palabras supuestamente cariñosas que, en el fondo, esconden un insulto o una crítica. Cuando una pareja se ama, cada uno es el mejor amigo/a del otro, se antepone la relación a las amistades; son esas parejas que, cuando uno fallece, el otro raramente vuelve a tener pareja. Porque el vínculo que les une es el amor puro, es la trascendencia del uno en el otro; por eso, siempre se dicen «Te amo». Y no se ponen motes, como mucho, se dedican palabras cariñosas, porque cada uno reconoce al ser espiritual del otro. Y al reconocer al otro, se reconoce cada uno a sí mismo, llegando a la plenitud de amor sin necesidad de artificios ni de palabras vacuas; viviéndolo a través del respeto, de la unión plena.

Amar y querer son parecidos, sí; pero sinónimos, no.